Tras el triste fracaso de la cumbre de Copenhague nos hemos ido enterando de hechos y conjeturas que dan una idea de la dimensión del drama. La Alianza Panafaricana para la Justicia Climática (mala cosa cuando empezamos a dividir la Justicia) asegura, para empezar, que 55 millones de criaturas podrían engrosar el ejército derrotado que pasa hambre en ese continente, y que entre 350 y 600 millones podrían sumarse a los sedientos que ya se debaten entre la vida y la muerte. El famoso arzobispo Desmond Tutú ha dicho a toro pasado que más hubiera valido ningún acuerdo que alcanzar uno malo, especificando que la meta del incremento de dos grados en el clima del planeta va a condenar a África directamente a la incineración. Un economista destacado, Nicholas Stern, dice que si se comparan los 10.000 millones de dólares comprometidos para compensar a los países pobres con el billón y medio que mueve el “mercado del carbono” (observen la perversidad conceptual), nos parece estar viendo a los viejos traficantes cambiando con los indígenas cuentas de vidrio por sus tesoros reales. Y en fin, Matthew Stilwell, capo de la cosa del “desarrollo sostenible”, ha explicado que la recién librada no ha sido una negociación para frenar el cambio del clima sino una batalla campal sobre el “derecho al cielo” del que los pobres pobres, valga la cuasi anáfora, ni se han enterado, los pobres. ¡El derecho al cielo! La simiesca historia de la especie es la de la lucha por la vida, la del incesante proyecto de apropiación de lo ajeno, la de la enajenación del más débil en beneficio del más fuerte, pero hasta ahora se había escenificado de tejas para abajo. Ni el Bakunin más furibundo podía ni imaginar que la postmodernidad acabaría no limitándose a arrebatar la tierra a los parias sino que acabaría disputándole también las alturas.

 

He colectado más lamentos. Uno de ellos, hablando del acuerdillo adoptado a duras penas, asegura que no se puede decir que lo que se propone el mundo poderoso es buscar una solución al problema del clima mientras la solución adoptada garantice la muerte de millones de africanos y fuerce a los países pobres a continuar pagando por ese objetivo con el que ellos –que no contaminan porque ni tienen con qué– no tienen relación alguna. Me quedo con el hallazgo del “derecho al cielo”, de todas formas, reverso de la más inimaginable ocurrencia de explotación concebida por el lobo humano en su instintiva e inmemorial contienda contra la igualdad. Y con la imagen de los mercachifles cambiando baratijas por el diamante en bruto de la vida. Los fenicios o nosotros mismos éramos unos pringaos comparados con esta tropa.

4 Comentarios

  1. ¿A quién le extraña el fracaso, no vieron a nuestro inepto nacional leerle la cartilla a USA y China sacando pecho?

    La UE a sobrevivido a un polaco antieuropeísta y sin duda sobrevivirá a este sobrevenido, pero España… ¿Cómo saldrá de ésta?

  2. A don Tancredo no lo devoraron sus terroríficos leones, pero éste se juega, una vez más, los cuartos de todos y quién sabe qué más.

  3. esto sigue siendo como lo de los barcos que tiran en el fondo de los océanos billones de toneladas de mantequilla en lugar de dársela a los paises pobres con la única intención de que sus precios no se deprecien a costa de pagarlo con la muerte de pobres vidas humanas

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