El asesino confeso de Marta del Castillo, la joven sevillana desaparecida y cuyo cadáver nunca se encontró, acaba de hacer unas declaraciones en las que, tras engañar en varias versiones a la policía y a la Justicia, sostiene que ese cadáver “lo mismo puede estar en Alcalá que en Londres”. ¡Si lo sabrá él! La actitud intolerable de ese criminal confeso ha abierto en la sociedad un vehemente debate sobre el “derecho a mentir” de los inculpados que derivaría del derecho a no inculparse que la Constitución concede, como es tradicional, a todo presunto culpable y que hasta parece que habría sido confirmado como tal por la jurisprudencia en alguna ocasión. Como es natural, la afirmación de que un acusado pueda defenderse ocultando las pruebas de su delito resulta completamente lógica, pero es obvio que hay una larga distancia entre esa facultad y lo que se plantea como un “derecho” absoluto a engañar al juez sin límite ninguno. El sentido común sugiere que nadie en sus cabales –salvo el arrepentido de conciencia—depondría ante el tribunal las pruebas de su culpa, pero ese mismo sentido en trance de extinción nos dice también que una cosa es protegerse instintiva o deliberadamente para salvar la responsabilidad, y otra muy diferente engañar a sabiendas al juzgador, entorpeciendo la indagatoria de manera que resulte prácticamente imposible aplicar el incuestionable derecho de la sociedad a sancionar las conductas culpables justamente en defensa de todos. Una cosa es no decir donde se esconde el cuerpo del delito, por ejemplo, y otra llevar y traer a la instrucción como a puta por rastrojo, forzándola hoy a dragar un caudaloso río, mañana a expurgar un vertedero colosal y pasado, quién sabe a qué aventuras. Si defenderse con el silencio resulta comprensible, librarse de la responsabilidad a base de engañar estudiada y sistemáticamente a la Justicia no creo que pueda aceptarse como un recurso razonable.

 

Los romanos lo tenían claro “Nemo tenetur edere contra se”, nadie tiene por qué declarar contra sí mismo. ¿Qué tiene que ver esa obviedad, sin embargo, con la voluntad deliberada de obstruir la acción de la Justicia? El auténtico cachondeo que se trae esa pandilla juvenil con nuestras autoridades está acarreando una profunda desmoralización pública aparte de dejar a la Justicia –para no hablar de la policía—a los pies de los caballos. Pero lo peor de todo quizá sea esa difundida especie de que al reo todo le está permitido –incluso, insisto, obstruir la labor de los jueces—que poco tiene que ver ya con la intención original de garantizar el primitivo derecho a la no inculpación. Y la Justicia debería reaccionar contra esa locura aclarando ese equívoco debate. Cuando Fernando de Hungría dijo aquello de “Hágase Justicia y perezca el mundo”, Hegel le corrigió sabiamente diciendo “Hágase Justicia ‘para que’ el mundo no se hunda”. Porque incluso el sagrado garantismo ha de tener su límite en la razón. Cicerón decía  “Summun ius summa iniuria”, que no necesita traducción. Para mí que quien sabe latín ése asesino confeso.

11 Comentarios

  1. A este disparate que denuncia ja hay que añadirle el mucho mayor que supone el derecho del reo a inculpar y calumniar gratuitamente a todo lo que se mueve.

  2. Lo verdaderamente preocupante es que hasta el mismísimo ministro de justicia defienda esta actitud en este caso en lugar de dar ejemplo y deponerla

  3. Debo ser muy pesada pero insisto en una idea ya expresada: es inconcebible que la madera tenga ya finísimos expertos informáticos, hombres rana del copón, análisis biológicos exquisitos a su alcance y perros casi infalibles en sus rastros y no posea un equipo de psicólogos sagaces -las técnicas se aprednen igual que las de relajación o la semicatalepsia- y capaces de detectar cuando el mamón de turno les está tomando el tupé.

    No se trata ya de polígrafos sofisticados, que puede que también -ritmo cardíaco, sudoración, temblores imperceptibles, análisis de matices de voz-, pero que una pequeña troupe de horterillas engañe a sesudos y supuestamente experimentados especialistas cuantas veces se lo propongan, me suena a chiste de torpes. Conste que no me trago ni una sola de esas series televisivas con sabuesos supersabios ni hablo de pan y agua, de focos encendidos veinticuatro horas, de picanas o bañeras, sino de conocimientos científicos más que comprobados.

    Otra cosa es que, rumorología, ay, rumorología, los polis se preocuparan más en los días decisivos de taparse ciertas vergüenzas y ocultar otros cadáveres -metafóricos, entiéndanlo, por favor- en los armarios mientras la muchacha empezaba a pudrirse sabe Dios dónde.

    Que no haya habido dimisiones sonadas o ceses fulminantes tras la pila de millones desbaratados -los mismos que acabamos de ingresarles a las arcas públicas-, de ineptitudes y palos de ciego, a mí me suena a película negra, mala y barata de serie muy B.

  4. Estoy bastante de acuerdo con la tesis de jagm, al margen de que la norma es tajante en este asunto. Toda la vida hubo combinaciones para engañar a la Justicia, falsos testigos, picapleitos enredadores, intereses creados y todo lo demás, para impedir al pobre juez distinguir el hilo blanco del hilo negro. En este caso me da la sensación de que no distinguirá nunca, pero, cuidado, porque nunca se sabe.

  5. Los plácidos domingos (je je) no parecen propicios para que el personal venga por el casino y deje oír su opinión. La mía, modestísima, de hoy, sólo quiere ponerse al lado de jagm en su tesis: una cosa es no inculparse y otra obstruir. Hay demasiadas oponiones falsas sobre “derechos” que no lo son, demasiada “jurisprudencia de la tía Vicenta” interpretando las leyes. En ello está muchas veces la razón de que la Justicia aparezca tan disminuida ante la opinión.

  6. Una opinión ponderada y justa. Lo que está ocurriendo en este suceso es inadminsible, aunque hay que tener en cuenta las dificultades con que se encuentra la investigaición enfrentada a una “defensa” evidentemente planeada. Lo que es inimaginable es la capacidad de maldad de unos personajes tan jóvenes, la frialdad con que tratan de su crimen donfesado, de la astucia con que enredan a los investigadores. Confío en que, como edvierte la experiencia de S.S. Ropón, “nunca se sabe” como puede acabar una estrategia de defensa por muy astuta que sea.

  7. Por qúe no señalan concretamente, por que no pueden. ¡Pues entonces cállense la boca, cobardes enredadores!

  8. Pregunten a Miller y verán cómo en USA se trata a los personajes de esa calaña. Allí se puede acabar con la mafia más cerrada y aquí no somos capaces de desmontar el cuento de unos niñatos.

  9. En un régimen de garantías, cuando al presunto se respeta como la ley prescribe, no entiendo qué sentido puede tener admitir una revocación de lo declarado, por ejemplo. La tentación de presionar a los declarantes es tan injusta como la extralimitación de estos en su derecho a defenderse con el silencio. Mentir al juez –y en caso de dos declaraciones diferenmtes en una se ha mentido– debería ser sancionado y considerado, en su caso y momento, como un agravante.

  10. La voz de la sabiduría emana de esos años que indudablemente respaldan al Emérito que me antecede. Una de las dos declaraciones -o ambas, pero en este caso una es contradictoria de la otra- es totalemente falsa luego hay un intento descarado de engañar al juez. No solamente agravante, sino incluso delito nuevo, debería considerarlo un código penal que fuera menos paternalista y buenista que este que padecemos, que parece dictado por la más candorosa de las hermanas ursulinas.

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