El campeón americano Floyd Landis, desposeído fulminantemente de su corona en el ‘Tour’ de Francia, le ha contado al Wall Street Journal una de piratas atribuyendo el claro resultado de la analítica que le practicó el control oficial –altas tasas de testosterona en sangre—al hecho inocente de haberse tomado un par de cervezas y un par de pares de güisquis la víspera de la prueba. El récordman de los 100 metros, Justin Gatlin, el guepardo, “el hombre más rápido del planeta”, también ha caído del pedestal empujado por la evidencia del dopaje: testosterona de nuevo. Hay toda una industria del ‘doping’ funcionando en los vestuarios, en las ‘roulottes’ de los corredores, en las clínicas de lujo lo mismo que en los urinarios, un trapicheo constante de sangre oxigenada, corticoides, anabolizantes, hormonas y anfetas que potencian exponencialmente la capacidad del deportista o lo dejan hecho unos zorros Y no hay quien la pare. La madre de Landis ha dicho, la pobre, que si verdaderamente se ha dopado, su hijo no merece la victoria, pero ese es un gesto puritano y aislado que no encaja en el abigarrado complejo que rodea hoy día la actividad deportiva. El degradante espectáculo que han dado en Italia los grandes clubs y, más que ellos, la Justicia connivente, da una idea de lo poco probable que resulta aspirar a la competición pura en una sociedad profundamente corrompida que hace mucho que liquidó el prejuicio angélico: ganar es ganar, ‘llevárselo’ como sea, ‘metiéndose’ la Biblia en pasta si es preciso, pero ganar. Todo lo demás son cuentos y restos insustanciales de la ilusión romántica. El deporte ha podido resolverse en competición mientras la cifra de negocio a su alrededor se mantenía discreta. En el orden de los cientos, de los miles de millones, no hay pureza ni romanticismo que valga.

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Todavía Maurois creía que el deporte tenía fatalmente una conexión religiosa, como en la antigüedad pagana o como, en cierto modo, también en la ordalía medieval –un primo, Maurois—y un filonazi como Drieu veía en la disciplina que el deporte implica la única fuente de la más genuina libertad. Otro primo. El deporte ha de compaginar sus códigos con el espíritu de la época, eso es todo. Podía sentirse el pálpito divino, lo numinoso, corriendo sobre la pista pedregosa en la cita olímpica o en la délfica a la sombra imperceptible aunque patente de la divinidad, pero hoy es el hombre desacralizado el que corre sobre el césped o pedalea sobre el asfalto abandonado a sus fuerzas o bien arrastrado por la magia del fármaco que le pone alas en los pies y laurel sobre la frente. ¿Por qué habría de ser “legal” el deportista de actual, por qué tendría que atenerse a la lógica caballeresca hoy día un sujeto que pertenece a un mundo podrido en el que lo único que importa es llegar antes, alcanzar más alto y que no te hallen nada en el registro? Hace años que los equipos deportivos poseen instrumentos analíticos similares a los que emplea el laboratorio, lo mismo que hay armas de fuego en la escuela y se ha hecho habitual el soborno en los despachos. ¿Por qué imaginar un área exenta, una suerte de palestra inocente, un empíreo de arcángeles flamígeros incontaminados por la podre del ambiente? La madre de Landis ha sido muy dura con su hijo (tal vez el ramalazo calvinista, la autoexigencia cuáquera) al exigirle una inocencia que rayaría en lo inverosímil. ¿O no han visto como atletas imparables (recuerden a Hincapie) venirse abajo de un día para otro, tal como Landis en este Tour? Hubo un venezolano que se fumó los Dolomitas como si tal cosa en el 2005 y al año siguiente se fue al carajo. Como tantos. A Landis lo vimos casi agonizante días atrás y poco después volar como una exhalación. Aceptemos los hechos: no hay islas bienvaneturadas. Y en el deporte, con estos precios, menos todavía.

5 Comentarios

  1. El hombre, en todos los tiempos, se fio de la droga y recurrió a ella. Para dormir, para soñar, para excitarse, para buscar la calma: da lo mismo. ¿Por qué no iba a buscarla para GANAR con la importancia que esta sociedad le da al éicto y al triunfo? Piensen en eso.

  2. El deporte ha de compaginar sus cñodigos con el espíritu de la época, dice la columna. A mi enteder esa es la clave. El resto (noi de la columkna, sino del debate de estos meses) huelga.

  3. Dice el Maestro“…toda una industria del ‘doping’ funcionando en los vestuarios, en las ‘roulottes’ de los corredores, en las clínicas de lujo…” Y en cualquier gimnasio de barrio, mi fraterno. Ya hemos quedado en que los/las juventudes de hoy no aspiran a entender a Schopenhauer, ni a drogarse con mi don Karl o mi don Froid. Mayormente lo que quieren es ser elegidos en un casting para salir en la tele y vivir de la basura –como una Koplovitz cualquiera- o en su defecto poder pillar un contrato –también basura, of course- para stripear o gogoear en un disco con infulillas. Se meten docena y media de claras de huevo cocido y unas pastillas sin etiqueta que les ponen tríceps, deltoides y abdominales como planchas de Uralita.

    Cuando los mundiales, servidora quedó como una esnob por decir que pasaba del furgo. Aún me embeleso con las mejores etapas del Tour, pero más que nada por el paisaje. El llamado deporte profesional –que es al deporte lo que la música militar a la música- es puritito parné. ¿A qué vamos a echarnos ahora las manos a la cabeza? ¿Quién nos asegura pues que el famoso helado de Bahamontes tras el palizón de la montaña, no llevaba cuarto y mitad de centramina?

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