El “déjà vu” catalán

Cerramos este raro otoño con el espectáculo grotesco del pinchazo del globo separatista. Ya veremos si el tiempo no fuerza a los impacientes a reconocer algún mérito a la templanza de Rajoy. Por mi parte, repaso entre mis libros la palabra de los primeros próceres, Milà y Fontanals, Bofarull, Víctor Balaguer, Almirall, Rubió y Ors, Aribau…, los soñadores de los “Jocs florals”, los padres de la Renaixença… y los políticos de “acá” (Maura, Canalejas, Moret, Dato) frente a los de “allá” (Cambó, Lerroux, la Lliga y la Asamblea Catalana), para concluir que nada hay nuevo en el zafarrancho actual: todo este conflicto no es más que un “déjà vu”. Escúchenlos.

“El catalanismo tuvo en su origen las míticas bellezas de una religión”, pero sus manijeros lo profanaron hasta arrastrarlo al “prostíbulo de la política” –dice uno–, que “en sus desvaríos, describieron una Cataluña adaptada a sus conveniencias”. El sueño regeneracionista, tan legítimo, no pudo con los trajines políticos cuyos buhoneros, por supuesto, ya entonces miraban a Madrid con recelo, viendo en el gobierno central “un instrumento de dominación oligárquica”. Se pedía la división del Estado “en grandes regiones naturales e históricas” a las que habría que concederles una “amplia descentralización” –cierto que no sin que apuntara el supremacismo: “Cataluña tiene más fuerza que todas ellas”, sostuvo una Asamblea— y la entrega de las competencias básicas a los organismos regionales “representativos de su personalidad”. Adolfo Suárez inventó poco, como ven.

Sólo el talento de un sabio Pi y Margall, impediría a un radical como Almirall, en la I República, proclamar por las bravas el “Estado Catalán”. Como diría más tarde Joaquín Samaruc, “la literatura catalana, al descender del territorio de las Musas, se convirtió en política catalana”. Pero la autonomía no bastaba tampoco entonces. Leo en “La Mancomunitat de Catalunya” (1922): “los hijos de Catalunya consideran (a la autonomía) sólo un primer paso hacia la autonomía integral”. Poco han cambiado las cosas, ya lo ven, desde el desastre del 98 al que hoy nos aflige. Los idealistas precursores no contaban con esa inevitable degradación y pensaban incluso que acaso “el pueblo nunca ha sentido el catalanismo” y que “el sentimiento primario de catalanidad fue profanado por el impúdico catalanismo político”. Imagínenlos contemplando a estos furiosos jugar, como Sansón, a destruir el templo o ante el espectáculo de las ratas abandonando el barco, es más que posible que con su botín a buen seguro en algún paraíso fiscal.

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