Una triste noticia habla de que en la ciudad de Lille han sido localizados siete niños contaminados por la bacteria E.coli, no por las hortalizas o frutas españolas, qué va, sino por la carne importada de Alemania. Tampoco era, como se ve, el cultivo de soja bajo sospecha el responsable de esta epidemia que se ha cobrado ya sus muertos aparte de arruinar a buena parte de nuestro sector hortofrutícola, hoy por hoy nuestra joya de la corona, ni puede afirmarse sin riesgo esta nueva hipótesis de la carne alemana, lo que no hace más que subrayar la gravedad que entrañó la acusación de esa consejera alemana que señaló con su dedo a España provocando un cataclismo en el mercado y ésta es la hora en sigue terne en sus trece. Supongo que como mucha gente, llevo tiempo preguntándome qué hubiera podido ocurrir en la culta Europa si una acusación semejante hubiese provocado el hundimiento del sector francés y alguien llegara a demostrar que el origen de la epidemia radicara en nuestra tierra, pero me temo que, sencillamente, nuestra condena habría sido inapelable y la proscripción de nuestros productos indefinida si no eterna. Y aquí es donde cualquiera que se fije echa de menos una acción más enérgica del Gobierno (y de la Junta, por lo que respecta a la huerta andaluza), sin excluir algo que algunos venimos diciendo hace tiempo y ahora, al fin, parece que comienza a abrirse camino, a saber, que el remedio no está en lamentarse en Bruselas –¿alguien se imagina siquiera que aquella alta burocracia se va a tomar en serio a Rosa Aguilar, auténtica paracaidista en el sector y sin la menor experiencia en sus problemas–, sino en irse derechos a la Justicia exigiendo responsabilidades a los verdaderos culpables. Porque no seamos lilas: la competencia europea y marroquí no va a descansar en su propósito de arruinar esa “marca” española, que va tener muy difícil rehacerse del tremendo golpe sufrido pero que aquellos saben sin rival en el continente.

 

Imaginemos por un momento que la autoridad española hubiera culpado en falso a un producto alemán y que luego hubiéramos admitido nuestra responsabilidad aunque fuera en términos desdibujados. Pues aquí habría sido Troya, no lo duden ni un segundo. Como no duden de que Francia reclamará con mayor vigor y maneras más adecuadas que nosotros ante esa poderosa Alemania que no se ha avenido ni a pedirnos disculpas una vez comprobado su calamitoso error. ¿Quién dijo que no hemos perdido peso en el exterior, quién sostendrá todavía que por ahí se nos respeta como antes se nos respetaba? La lección del pepino no va a ser, en última instancia, agraria sino diplomática.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.