El cura y la sequía

Ya no hay rogativas, hoy sería ya insólito ver por las calles de nuestros pueblos un cortejo presidido por el párroco entonando preces en demanda de lluvia, como antaño, y desde unos orígenes remotísimos, fue costumbre en tiempo de sequía. Hasta se practicó la extraña liturgia de “mojar” a las imágenes de algunos santos, un caso evidente de magia “de contagio”. El favor se le pedía a la Virgen o a los santos, vistos Una y Otros como intermediarios privilegiados ante el “amo de la lluvia” que era, como es lógico, el mismo Dios supremo. Los políticos se unían a esos ejercicios populares, puede que hasta de buena fe y, desde luego en tiempos de la dictadura franquista, entendidos como un deber patriótico. Y todo eso se fue, barrido por la secularización galopante de nuestras sociedades, pero aún hay quien conserva el rito, como una rareza, eso sí, tanto en el ámbito católico como en el islámico.

En una de aquella sequías de postguerra, don José Moya, cura profundo y experto tratante de ganados, que había ejercido su oficio en varios pueblos de Huelva hasta terminar como párroco en Beas su “cursus honorum”, se vio literalmente asediado tanto por los caciques locales que aguardaban impacientes el agua, como por el mismísimo gobernador de la provincia quien, a ruego de aquellos, se desplazó hasta el pueblo para, con su autoridad, tratar de convencer al cura. ¡Todo inútil! Don José –un cura antiguo entre Guareschi y Bernanos–— se reafirmó en su negativa ante el poncio, decidido a no permitir la procesión de la Patrona, dando pie a que éste invocara al propio Caudillo, según él partidario fervoroso de las rogativas. Hasta que, en fin, viendo perdida la desigual batalla, don José embozó su manteo, caló airosamente su teja y, ya medio de espaldas a las autoridades legítimas y fácticas, las despidió espetándoles: “Bueno, pues si la queréis sacar, sacarla, ¡pero el tiempo no está pa llover!”.

Afrontamos hoy en solitario la pavorosa sequía que escurre los arroyos y cuartea nuestras tierras, atentos sólo a la previsión del telediario pero definitivamente olvidados de la mediación divina, sin que ni siquiera el anuncio apocalíptico del cambio climático baste para recuperar la tradición inmemorial, pero ya ven que también en la mentalidad tradicional cabía la experiencia empírica junto a la esperanza que proporciona la fe. Por lo demás, no veo grandes diferencias entre la capacidad del actual meteorólogo y la que asistía a los orantes devotos, a poco que estos poseyeran la experiencia solvente de un don José como aquel.

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