Va siendo interminable la lista de bárbaros que asesinan en serie, en no pocas ocasiones abrogándose la condición de “purificadores” o, simplemente, de ánimos superiores exentos, en consecuencia, de cualquier responsabilidad. Dos zagales vascongados acaban de aplastar brutalmente a un matrimonio anciano, en plan Dostoiewski, antes incluso de cumplir la quincena. Otro salvaje habría degollado a sus dos hijas con una sierra eléctrica, un tercero, quemado a sus dos hijos con el fin de ajustar cuentas con la parienta, y no es rara ya la escena del linchamiento de un mendigo por un piquete nocturno de jóvenes asesinos. El crimen se ha banalizado, en el sentido que explicó Hannah Arendt, ensangrentando esta época confusa acaso con el concurso de la inevitable difusión del horror en la sociedad medial y es notable la olímpica indiferencia moral con que sus autores contemplan su obra.

Un enfermero alemán está siendo juzgado como autor confeso de más de ochenta muertes y al mismo tiempo un policía ruso es acusado de haber liquidado a un números similar de mujeres, uno y otro en línea con el gélido criterio nietzscheano de su superior “moral natural”, esa idea perversa de la índole degradada de las moralidades que acabaría proponiendo la ensoñación del “superhombre”. Recordemos el entusiasmo con que Nietzsche hablaba de Dostoiewski en el “Crepúsculo de los ídolos”, o sus hijuelas repetidas en Apollinaire o Bataille, en la broma escalofriante de Thomas de Quincey o en la epopeya de Boris Vian, para entender que una vieja y alargada corriente de inhumana inmoralidad recorre, al parecer sin fin, la crónica de la aventura humana. ¿Sade? Sade, o el propio Masoch, resultarían ingenuos, a estas alturas, y casi sin derecho a telediario.

Quizá ello explique la explosiva adhesión pública a la propuesta de mantener en vigor la “cadena perpetua revisable” a que estamos asistiendo esta temporada, con el fin de equipararnos, siquiera preventivamente, a los sistemas penales vigentes en las grandes democracias contemporáneas. Falta, sin embargo, una reflexión sobre la circunstancia de un inmoralismo que entenebrece nuestra vida colectiva en términos cada día más aterradores y un severo esfuerzo por revisar los mecanismos penales que tan vulnerables se están demostrando. Quien concibió “Crimen y castigo” postulaba situarse “más allá del espanto y de la compasión” para conseguir la plenitud humana. Algo que hoy parece sobradamente alcanzado, con toda evidencia, en clave de fracaso de la especie.

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