Doñana siempre ha sido de alguien. Por eso, cuando llegó la autonomía, la andaluza reclamaba al Estado su transferencia entre tantas otras. Pero un día, en una de aquellas negociaciones madrileñas, ya en el gonzalato, transcurrida la larga sesión matinal, nuestros negociadores recibieron una orden tajante desde la Moncloa: Doñana estaba bien donde estaba, es decir, adscrita a la Administración central, o séase, al Gobierno de turno. Y allí se quedó. Desde entonces –igual González que Aznar, Zapatero y ahora Sánchez– la han utilizado como refugio vacacional y han invitado a levitar entre sus dunas y lucios a presidentes amigos. Lo nuevo en Sánchez es que, ha extremando la tentación de patrimonialidad, hasta  el punto de invitar a su pandilla al completo. ¿Y qué? Comprenderán que a quien habría que reclamarle ante el abuso no es a él sino al maestro armero.

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