La sorpresa, por lo general favorable, de muchos comentaristas políticos ante la intervención  del presidente del Congreso, Jesús Posada, en el reciente Debate de la Nación, nos da una idea de en qué medida hemos perdido entre todos el sentido del humor que en nuestra política no es ninguna novedad. Posada es perro viejo, que a mí me recuerda la ironía cazurra de su padre, a quien conocí al final de su amplia carrera política, esa retranca bonachona que tan útil resulta en muchas ocasiones, como el otro día, para propósitos tan incómodos como hacer callar a un diputado tan locuaz y reiterativo como Joan Coscubiela. Siempre hubo humor en nuestro parlamentarismo, del que Víctor Márquez conoce innumerables anécdotas, aunque para mí ninguna como la, no sé si apócrifa o auténtica, que suele atribuirse a Gil Robles cuando un diputado de la izquierda dejó caer maliciosamente aquel “Todos sabemos que el señor Gil Robles duerme en camisón”, a lo que el líder conservador replicó sin inmutarse: “¡Qué indiscreta es la esposa de su Señoría…!”. Nuestros cronistas parlamentarios –Azorín, Fernández Flores, el propio Víctor—saben bien que nuestro diálogo político guarda en su ganga dramatizante una ingeniosa mena de humor que, hoy, con la crecida híspida de nuestra convivencia política, resulta ya casi inconcebible, pero que, como prueba la cachaza de Posada, sigue siendo posible y, con toda seguridad, benéfica. Es probable que la pelea política ganara mucho si prosperara en ella el uso del humor que no tiene por qué comprometer la seriedad de esos padres de la patria. Me refiero, claro está, a un humor discreto y fino. Llamar “mariposón” a un jefe de la Oposición, como hizo Guerra alguna vez, es ya harina de otro costal.

 

¿Se imaginan un debate severo pero trufado, al mismo tiempo, con una simpática veta de humor, alcanzan a imaginar a sus malhumoradas Señorías, mortificándose mutua y siempre bonachonamente, con pullas graciosas en lugar de con pedradas léxicas e ingratos exabruptos? Escuchando a Posada he llegado a pensar que sí, que no todo está perdido en nuestra dialéctica pública y que incluso es probable que cunda el ejemplo hasta reconvertir estas peleas de vacas en una más apacible conversa entre gente civilizada. Posada es generoso con el reloj y bonachón en esa guasa que administra sin perjuicio de la imprescindible severidad disciplinaria. El otro día lo demostró hasta sorprender al personal que acaso es ya incapaz de valorar la ironía en medio de nuestra malhumorada convivencia.

7 Comentarios

  1. Chóquela por esa defensa del humor. Estos de ahora, tan zafios, muchas veces, confunden el humor con lo chusco. También a mí me sorprendió Posada y muy gratamente.

  2. Yo incluiría en esos cronistas parlamentarios a Aguirre Bellver -‘Pueblo’- a quien tuve ocasión de oir en una charla sevillana a principios de los setenta con anécdotas bien chuscas de aquellos ‘procuradores’ de las Cortes (?) franquistas.

    Arfonzo -un simple caricato como lo llamaba un viejo amigo- nunca tuvo un estilete afilado, sino la lengua viperina de una vecindona transmisora de chismes de corralón. ¿Emulaba al viejo caimán habanero cuando ofendía a alguien como “mariconsón”?

  3. Don Epi muestra su humor colocando a Aguirre Bellver junto a los citados maestros. Él es así (don Epi). A mí lo que me quedado es la anécdota de Gil Robles que se la oí por primera vez a don Manuel Giménez Fernández en la Universidad de Sevilla. De los “procuradores” franquistas, verdaderamente, no me imagino muchas ironías finas.

  4. Ese “perro viejo”, dicho ha sido con buena intención, debió aprender mucho con su padre, que fue gobernador de mi provincia cuando yo era jovencillo. Lo recuerdo muy campechano, cercano a la gente pero tenía fama de gastar puño de hierro cuando llegaba la ocasión.

  5. Muchos cuentan que a Franco le divertían mucho los chascarrillos y que él mismo los contaba. La política de Franco era, en cambio, adusta. No me imagino a los “señores Procuradores” divirtiéndose en el hemiciclo.

  6. Juro por Esnupi, glub, que Aguirre Bellver estuvo divertido, o a mí me lo parecía. No contaba ‘los dichos’ sino los ‘sucesos’ de aquellos padres ‘conscripti’. Cuanto más serio es el borrico, más en gracia te caen sus rebuznos a deshoras. O sus flatulencias. Con perdón.

  7. Divertidísima la anécdota de Gil Robles. Gracias don Jos é António por hacernos de nuevo sonreir en estos tristes días.
    un besos a todos.

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