Cuando sobre el último tercio del siglo XVI los misioneros jesuitas trataban de vencer el histórico aislamiento de China, comprobarían que la intemporal tendencia humana a la corrupción, tan denunciada en Occidente, no era desconocida, ni mucho menos, en Oriente. El hecho no debió de ser sorprendente para ellos –los padres Valignano, Ruggiero o el legendario Matteo Ricci entre otros— que si lograron romper la muralla xenófoba de aquel inmenso imperio de 200 millones de almas (España tenía por entonces sólo 7 millones) contra la que se había estrellado el propio Francisco Javier, hubo de ser a fuerza de dádivas y sobornos. Claro que eso es algo que no pudo extrañarles, conocedores como seguramente eran de la historia clásica y menos como testigos de la contemporánea, en la que desde el papado Borgia hasta el ámbito filipino pocos recordaban la conclusión de Sancho al despedirse de su gobierno en Barataria: “Yéndome desnudo, está claro que he gobernado como un ángel…”.

Aquellos misioneros habían de aguardar agazapados en la frontera portuguesa (Macao y cercanías de Cantón) aguardando la oportunidad de penetrar en el misterioso país confundidos en una tropa de mercaderes o beneficiarios de un ansiado salvoconducto concedido por algún mandarín de la “burocracia celeste”. Tanto Ruggiero como el propio Ricci descubrieron pronto, sin embargo, el punto flaco de aquella autoridad absorta ante los prodigios occidentales –en especial los relojes mecánicos de la época, pero también espejos y prismas refractores de la luz o las gafas graduadas— con los que pronto lograron ablandar la comprobada rigidez administrativa. El epistolario forzoso mantenido por ellos con el “General” romano está lleno de comentarios en este sentido y, por supuesto, de peticiones de autorización para convencer a las autoridades locales a base de presentes, siempre bien recibidos, a pesar de la gravedad moral del ambiente confucionista que gobernaba aquel imperio. Ricci, por ejemplo, refiere en sus cartas el convencimiento de que semejante corrupción gobernaba la China de los Ming tanto como podía gobernar la Europa de su tiempo y había gobernado siempre en cualquiera de las culturas conocidas. La férrea estructura del Imperio que trataban de evangelizar, con su gobierno centralizado y su celosa jerarquía burocrática, resultaba permeable como cualquier otra realidad, y por eso el sabio padre Ricci no olvidó incluir en su primer equipaje, con la anuencia de sus comprensivos superiores, uno de aquellos relojes mecánicos para obsequiar al gobernador de Guandong. Poco habían cambiado las cosas desde que Pericles o César –el de las vestiduras “con muchos bolsillos” sobre el que ironizaba Brecht— trajinaban políticamente con su manga ancha. Cinco siglos después nuestra “nomenclatura” sugiere día tras día que acaso la corrupción en la vida pública no es más que el efecto congénito de la condición humana.

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