No comparto el criterio de la oposición al calificar de modo tan alarmante el trapicheo del consejero de Agricultura, Pérez Saldaña. Comprarse rebajado el coche oficial no es tanto un caso de “corrupción con mayúscula”, como se ha escuchado en el Parlamento, sino un ejemplo de supuesto de catetismo friqui, que ni es único ni presumiblemente será el último, por desgracia. Lo que si pone en evidencia el lío del coche es el alarmante progreso de la visión patrimonialista de nuestra clase política, el hecho de que un hombre público no sea capaz de medir la distancia entre esa dimensión y su ámbito privado. El consejero Saldaña, por ejemplo, es muy libre de hacer el ridículo rebañando el plato hasta acabar la hogaza, sin perjuicio de que reconozcamos que la culpa no es enteramente suya sino de quien le permite esas modales políticos. Mucho ‘código’ y mucha ‘tolerancia cero’ mientras ellos se llevan  casa hasta el carro del parque móvil, siempre, claro está, y ahí está lo malo, con el informe favorable en el bolsillo. Son unos cutres además de unos carotas, lo de abajo, los de arriba y los de enmendio.

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