Los jueces de la antigüedad ejercían mayestáticamente un oficio que habían heredado de los reyes. Se sentaban a la puerta de palacio, delante de la mezquita o en la plaza pública no para que la Justicia fuera un espectáculo sino para que resultara transparente. La sociedad no tenía derecho a convertir en espectáculo lo que debe ser el ejercicio casi sagrado de castigar al delincuente y reparar al lastimado. Es decir, todo lo contrario a lo que está ocurriendo hoy en España, no solamente en los miserables “reality show” que nos mete en casa el negocio televisivo, sino en los propios Juzgados en los que debería prevalecer un orden silencioso y no la algarabía provocada por las filtraciones. Miren lo que está pasando con el juicio de Isabel Pantoja, porque de eso se trata –del juicio a Isabel Pantoja—más que de cualquier otra cosa. Nada tiene que ver, por supuesto, el hecho de que un personaje famoso haya participado en algún saqueo de fondos públicos o que no haya colaborado con la Justicia, para que ese personaje sea expuesto en la picota y ofrecido como víctima a la hiena de una opinión envidiosa, y lo que acabo de escribir se refiera tanto a Pantoja como a cualquier presunto reo en absoluto merecedores del castigo añadido que supone la innecesaria mortificación de sus responsabilidades. Tal como pudo comprobarse hace unos años en la escandalosa detención nocturna de la tonadillera, vamos a asistir ahora, si los magistrados no lo remedian, al calvario que supone la exposición al escarnio plebeyo con que sublima el instinto una masa ahora tal vez más necesitada que nunca de sublimaciones. “Ecce femina” repetirán los telediarios esta temporada como si la corona de espinas no fuera un abuso exclusivo de la barbarie.

 

A los poderes públicos les conviene esta diversión que tanto puede contribuir a velar problemas mucho más lacerantes. Una Justicia que se preste a ese juego, sin embargo, no merece el exclusivo honor de velar por el derecho de todos, y una acción, por deplorable que sea, no tiene por qué ser sometida a la vergüenza pública sino, simplemente, sancionada del modo más discreto. A Pantoja la va a freír ahora esta Justicia “agradaora” que colabora con un Poder que anda con una mano detrás y otra delante. ¿Qué menos que esa esponja narcótica para una muchedumbre despojada? El “panem et circenses” de los romanos es nuestro “pan y toros”.

1 Comentario

  1. LLeva usted toda la razón , por mucho que me repugne es pandilla. La Justicia no está para triturar a las personas sino para sancionarlas seriamente.

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