Siempre me llamó la atención en la leyenda del Cid Campeador la viñeta del caballero muerto y embalsamado cabalgando en su caballo “Babieca” con la rienda atada a la mano. De pequeño sobre todo, me llamaba la atención el cuento de que, tras el flechazo mortal que el Campeador recibió encaramado en su muralla, fueran los suyos –y por tanto, antes que nadie doña Ximena—quienes decidieran la estratagema que le haría derrotar a Ben Yusuf incluso después de muerto, circunstancia que se refuerza con el hecho probado de que Ximena siguió aún durante unos años gobernando la plaza. Lo recordé muchas veces viendo al pobre Juan Pablo I, extenuado por el mal de Parkinson y el peso de la edad, expuesto impíamente a la mirada pública, y lo recuerdo ahora al ver la foto del pobre Pascual Maragall, navegando ya inseguro por las aguas del Alzheimer, asomarse en un mitin para apoyar el proyecto separatista de su hermano pero, según confesión propia, por decisión también de la propia esposa. ¿No es repugnante este abuso del personaje abatido por la enfermedad y manejado sin contemplaciones como un cristobita, con tal de arañar unos votos, por sus allegados más próximos? Yo creo que sí, sin la menor duda, y entiendo, además, que maniobras como las descritas deshonran el ejercicio democrático hasta arrastrarlo por los suelos. No sé, por supuesto, qué habría decidido Maragall en pleno uso de sus facultades mentales, pero lo realmente inobjetable es que meter en campaña a un enfermo –y a un enfermo que padece, precisamente, una dolencia que destruye su capacidad mental—no tiene perdón. Ya sé que hay americanos que creen en la inmortalidad de Elvis y españoles que no han perdido la esperanza de ver a Franco en el telediario, pero estos son fenómenos que pertenecen al orden psiquiátrico. Maragall con media sonrisa y como flotante en medio del fragor de un mitin es algo más sencillo: es una vergüenza.

A Franco por cierto, parece que, aparte de prolongarle la agonía hasta un límite insufrible, también le retrasaron el anuncio de su muerte por razones políticas, y siempre con la anuencia de doña Ximena. Lo de Maragall, en cualquier caso, es peor porque supone, no sólo utilizar de mala manera al enfermo, sino recurrir a esa miseria máxima de la propaganda que es la compasión. La política malamente reconoce límites a la maldad. Dentro de su ámbito viciado, ni los muertos, como si dijéramos, pueden respirar tranquilos.

5 Comentarios

  1. Mi admiración por el Cid Campeador se me cayó al suelo cuando visitando la fortaleza de Morella me enteré que allí, el superhéroe cristiano luchó contra los cristianos en alianza mercenaria con la taifa de Zaragoza. Claro que los cristianos de Aragón también estaban aliados con la taifa de Lérida. Qué panda!. Eran peores que nuestros políticos.

    Yo también echo de menos a doña Marta. Por favor, Madame dé señales de vida.

  2. Si hubiera sido factible, a Franco me lo semicongelan -como a las merluzas del Cantábrico- y nos hubiera durado quince o veinte años más. Cuestión de ‘recalentarlo’ de vez en cuando y tener al doble full time para el nodo.

    Cuenta el dr. Palma del equipo médico habitual, un cardiólogo trreintañero, que cuando lo trasladaban al quirófano improvisado de El Pardo gimió: “¡Qué duro es morir!” y “Déjenme en paz”.

    Doña Marthe, ¿ha dejado de leer a su amigo? Díganos algo. Besos.

  3. Sí, don Epi, si mal no recuerdo le bajaron la temperatura a 35 grados, pero tuvieron que desistir porque se le coagulaba la sangre.

  4. Bueno, don Epi, don Rodrigo Díaz era un “condottiero” como Colleoni o cualquier otro de los que andando el tiempo florecerían en la Italia renacentista. La intrahistoria de la Reconquista –estamos hablando de un a guerra larguísima– tiene muchos “agujeros” como ése de la condición mercenaria de los guerreros.
    Pero hoy de lo que deberíamos hablar es de la barbaridad de sacar en un mitin a un enfermo, como han hecho con Maragall su hermano y su esposa. Junto con la que ya hiciera Arcadi Espada, el estacazo de jagm no puede ser más justo y medido.

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