Hay muchos concejales, la mayoría, que son gente honrada, qué duda cabe. Pero no es menor la evidencia de que el oficio de concejal, en función de tanto abuso y tanta golfería, se está convirtiendo en una caricatura del agio. Ese concejal de Armilla acumulando un patrimonio tan tremendo y viajando ¡a las Islas Caimán! –no sé si les dice algo ese destino—es un ejemplo mayúsculo de lo que, sin embargo, no es ninguna excepción ni mucho menos. Pero no es él solo, porque no hay día que no nos traiga tres, cinco o siete “casos” de corrupciones urbanísticas, viviendas sin licencias, cambios de uso en los terrenos, regalitos de suelo a los “amigos políticos” y, claro está, algún que otro viaje al paraíso fiscal. La política municipal está pagando el pato injustamente, más allá del desprecio que merecen muchos de esos mangantes, porque la culpa no la suelen tener solos los Ayuntamientos sino las Administraciones que tienen por encima y dejan hacer. Alguna como la Junta incluso ha trincado: recuérdese el “caso Montaner”. Ya me dirán si acierto o me equivoco. 

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