En los años 60 surgió una sugestiva teoría neurológica, la de Paul MacLean, por entonces máximo responsable de la especialidad en los EEUU, que sostenía que el cerebro humano era un producto histórico de la evolución, en consecuencia de la cual habría ido incorporando hasta tres capas activa: el cerebro reptiliano, el sistema límbico y el neocórtex. Hoy no se toma demasiado en serio la propuesta, es decir, la idea de que nuestra vida se rige por la acción diferenciada de esas tres capas, a cada una de las cuales correspondería una función específica, sino que, al parecer, lo que somos y cómo funcionamos lo determina el conjunto de esa suprema víscera a la que no hay por qué seguir concibiendo como un todo jerarquizado que nos lleva de la bestia al ángel. No cabe duda de que el éxito de que disfrutó la teoría de que a la parte de reptil que somos le corresponderían las funciones relacionadas con la supervivencia, la relación con el territorio o las propias de la reproducción animal, tuvo mucho que ver con esa jerarquía que vimos por vez primera en el Paraíso, enroscada en al Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, para ofrecer a Eva esa manzana de la perdición que tanto recuerda –y lo digo muy en serio– a la que la Madrastra ofreció a Blancanieves. Siempre hubo una fuerte determinación de la ciencia por el símbolo y de ella no escapó siquiera la mismísima teoría de la autoconciencia humana: somos parcialmente, allá en el fondo más recóndito, el reptil primordial que nos buscó la ruina como especie. Hasta nuestros sabios menos crédulos han mirado con un ojo al microscopio y con el otro el Génesis.

 

No existe –se dice ahora—una parte del cerebro responsable de nuestras acciones malignas, como no existe ninguna dedicada a lo contrario. Todo ese complejo sistema es “triuno” y sus zonas están conectadas unas con otras para permitirnos llevar a cabo desde lo más abyecto hasta lo más sublime, de modo que la ejecución de las funciones son el resultado de una acción conjunta cuya clave escapa aún a la observación de los expertos, muchos de los cuales andan no sé bien si ganando o perdiendo el tiempo en su esfuerzo por señalar a cada área su función específica. El reptil del que venimos no está por encima ni por debajo de nuestro trasabuelo primate. El científico debe velar incansable para que el “mito” no le condicione el “logos” ni le nuble una razón que se basta y se sobra para ver en la ardiente oscuridad.

2 Comentarios

  1. Al escribir ‘triuno’, ¿muestra su Reverencia una cierta aversión al ‘trino’ del catecismo? Uno y trino, lo tomábamos a chacota los chiquillos. Creo que hasta en una de esas retahilas de ‘piola’ (pídola, o sea).

    Si la Santa Madre se desprendiera (se hubiera desprendido) de tanto dogma y tanto misterio, otro gallo cantaría en las misas. (Del pollo). Así no hay quién.

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