Otro amigo que es, por cierto, destacado antropólogo, vuelve a la carga contra aquella desdichada columna mía en la que se me ocurrió, hablando de políticas, definir el Centro como un “no lugar”. Quise yo ilustrar la condición fantasmal que tiene ese “topos”, insisto, en política sobre todo, pero me temo que también en todos los órdenes de la vida. El hombre es animal centrista, incluso cuando es extremado, porque la idea de centro del mundo desborda por completo sus tendencias centrífugas para funcionar como un auténtico terreno sagrado de todos y de nadie, como ya advirtieran, entre otros varios y cada cual por su lado, Eliade y Toynbee. ¿Quién no tiende a “centrar” en la peana de su terruño ese centro imaginario al que, por lo general, se le confiere carácter sagrado, dónde está la nación o el pueblo, incluso la aldea, en la que el vecino feliz no se mire el ombligo orgulloso a la sombra del viejo campanario? Un investigador brasilero, Ariel Finguerman, explicó hace unos años este tirón instintivo como la causa del sentimiento de singularidad que alcanza su límite en la idea de “pueblo elegido”, que no es privativa del hebreo sino que, como él muestra, tiene paralelos en muchos lugares –¿acaso en todo lugar?—entre los que él se aproximó, siempre sobre las huellas de Eliade, a casos como el de los babilonios, los chinos, los yorubas o los propios cristianos paulinos. El hombre se presume instalado en un centro del universo del que él, cada cual, vendría a ser ese ónfalo. Nos ha costado ríos de sangre esa idea pero ahí sigue plantada, tan campante, ocupando el corazón de la mandala, por no decir del laberinto que es la vida.

Un ingenio observador como el de Maeterlinck intuyó que semejante tendencia ni siquiera es privativa de los humanos, pues, siempre según él, bien podría atribuirse también, lo mismo a las abejas o a las hormigas que a las mismas flores, todos en definitiva terruñeros, es decir, misteriosamente sometidos a ese polo de atracción que es el sitio propio concebido como clave del espacio. Esa pulsión centrípeta es una suerte de patriotismo telúrico que ciega a los hombres y a los pueblos, lo mismo que al resto de los seres vivos quizá, y los enfrenta a quienes habitan el resto del territorio considerado profano, “tabú” excluyente frente al “mana” íntimo y sagrado. Todos, unos más y otros menos, contemplamos la vida tumbados bajo el árbol frondoso que crece en el centro del Edén.

6 Comentarios

  1. Viejo tema, ya tratado en su libro sobre la ideología de la Derecha, un tema que tiene mucho, en efecto de antropológico, aunque sea, en definitiva, filosofía “casi” pura. Cuesta entender la tesis de la columna en algún momento, aunque no de determino a discutirla. Más despacio hablaremos.

  2. Qué decir sino que una vez más me quedo deslumbrado ante el poderío sapiencial de mi don JA. Acudo una y otra vez a preguntar a esta enciclopedia internetera que, aunque no siempre fiable, me lleva en volandas de los personajes a las ideas y viceversa. Leo y releo la columna y mi infinita ignorancia se adentra -superficialmente, lo sé- en mundos arcanos. No creo que haya ni un solo columnista hoy al que merezca la pena leer tan despacio y aprendiendo tanto. Laus Deo.

  3. Gran columna, sí señor, instruida, repensada, sabia en definitiva. Esto propiamente no es periodismo sino ensayo breve, píldora sapiencial, cultura a chorros. Tenemos suerte sin duda.

  4. De lo más interesante qe ha discurrido nuestro amigo en mucho tiempo. Estoy con él en que el hombre, todo homnbre, padece esa propensión localista, que creo yo que se dilata en círculos concéntricos, la aldes, la región, la patria grande, etc. Lo de los cristianos paulinos podríamos discutirlo pero me parece que alcanzo la intención y el sentido de don ja.

  5. Gran razón la suya, don gm. Gran hallazgo eso de que hasta los extremados tienden al Centro, a “su” centro, se entiende, que no es sino su propia proyección. El topos es el ego, o éste se lo cree, al menos. Bien visto el problema, que ya conocíamos en su libro “Hablar con propiedad”.

  6. Feliz Pascua, amigos, os deseo aunque viva “in partibus infidelium”. La columna, que he leído muy tarde porque andaba de viaje, me parece feliz. No vamos a descubrir ahora el ingenio y el bagaje de nuestro amigo el autor, pero hay días, como el de hoy, en que uno vuelve a asombrarse de su trayectoria intelectual. No me ciega la amistas, descuiden. Esto es algo que reconocen en silencio hasta sus más encarnizados adversarios y rivales, que los tiene, y muchos, demasiados.

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