Han sido espectaculares las imágenes de la voladura controlada de la enorme defensa que retenía las aguas ante la presa de las Tres Gargantas, ese proyecto que el faraonismo chino ha sacado adelante contra viento y marea en la cuenca del inacabable río Yangtze y que va a revolucionar de modo radical la economía china. Una presa de seiscientos metros de larga por ocho de ancha y ciento cuarenta de alta, de la que se habla ya como la segunda Muralla China, dicen que podrían aportar al enigmático pero fulgurante desarrollo de aquel país el viejo sueño de Mao –la energía que nunca tuvo—planteando una transformación de imprevisible alcance. Hay en el aire, por supuesto, un grave concierto de protestas que gimen por el daño ecológico, tal vez irreparable, que semejante cambio en el paisaje natural podría comportar, pero la determinación de la dictadura postcomunista no ha cedido un solo paso en esta porfía y esta semana se ha dado fin al proyecto con un año de antelación. Ahora sólo queda esperar una generación para ver qué da de sí la obra, pero parece evidente que a un ritmo incluso superior al 10 por ciento de crecimiento anual como el de los chinos, cuando nuestros hijos y nietos se miren en ese lejano espejo van a ver un espectáculo hoy inimaginable. Mientras tanto en Venecia se plantean eliminar la avanzada construcción del gigantesco complejo de casi ochenta diques inflables y flotantes diseñados para proteger la ciudad de su eterno enemigo, el agua del Adriático, a base de clausurar las bocas del Lido, Malamocco y Chiogia, porque dice la izquierda municipal –Venecia tiene un alcalde filósofo y eso tiene sus ventajas pero también sus costes, qué duda cabe—que no está nada clara la proporcionalidad del coste ni el impacto ambiental que “Moisés” –que así se llama el proyecto– podría acabar produciendo. Hay mucho veneciano que recuerda aún crecidas como la que a mediados de los 60 sumergió San Marcos y el centro urbano bajo un metro de agua, pero la gran prensa británica empieza a sugerir que acaso no resulte posible enmendarle la plana a la Madre Naturaleza en estos términos y ‘Times’ ha llegado a decir esta semana que tal vez valiera más ir pensando en dejar que la ciudad se hundiera abandonada a sí misma como en un teatral ejercicio de colosal eutanasia. No sé qué diría Byron si viera su Laguna gestionada por un ordenador, pero él nunca supo que, mientras nadaba por sus canales nocturnos, la ciudad se hundía a razón de medio metro al siglo.

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La desmesura humana es el problema, la tendencia a lo gigantesco y descomunal sobre la que un sabio como René Dumond –tan olvidado en tan poco tiempo– ironizaba amargamente hace varias décadas diciendo que la única esperanza para la salvación de la vida en el planeta era la definitiva extinción de la Humanidad. Incluso en la escala china, que conviene no perder de vista, represar agua en una extensión equivalente a la provincia de Toledo constituye un desafío no poco temerario a los equilibrios naturales. No menos arrojado, por supuesto, que el que supone el entreguismo de ese periódico al proponer, como salida desesperada, la renuncia a salvar la ciudad acosada por las mareas o la izquierda municipal con su propósito de congelar el proyecto. Quizá lo que Dumond quería significar era que carecemos, como especie, de ese elemental sentido de la medida que ya nuestros ancestros demostraron enfrascándose en obras que hoy mismo ignoramos cómo pudieron lograrse, una carencia improbable en el plano del instinto en que el castor arquitecto, sobre el que tanto han fantaseado bestiarios y zoologías, no se pasa nunca ni se queda corto. Recuerdo haber oído decir a don Julio Caro Baroja que el mito de Babel encerraba una profunda lección de psicología más tramada como propedéutica del futuro que como evocación del pasado. El espectáculo de la voladura me ha puesto por delante esa intuición crucial que tal vez nunca hemos entendido.

8 Comentarios

  1. Ya el maestro Vázquez Montalbán, al que Camilleri homenajea con el lamentable comisario Montalbano -lamentable porque no deja de ser un mediocre guionista de tv que ha resuelto un par de novelillas con acierto, pero la ha cagado en el resto- pomía en boca del padre de Carvalho, un anarquista irredento, la idea de Dumond: la famosa bomba aquella que simplemente esterilizaba a toda la raza humana e imaginaba un futuro no tan remoto en que crecerían los yerbajos en los huecos de los hoy orgullosos ascensores paronámicos y ramonearían por allí ciervos o alimañas, rozando con su hocico las últimas calaveras de los no enterrados.

    Sin declararme catastrofista absoluta, estoy convencida de que hollamos el umbral de la puerta tras la que, al abrirse, ineludiblemente se pasará a una nueva dimensión histórica en la que la raza humana -si no la vida como hoy la conocemos- hará mutis por ese foro negro. A servidora, al no haberse reproducido, no le quita el sueño la idea que no me parece de inminente llegada, pero a los que teneis hijos y nietos, no puedo dejar de advertirles que tal vez les estamos dejando en herencia una civilización con fecha de caducidad no tan lejana. (Cascabelera que se levanta una muchas mañanas).

    En cuanto a Venecia, es mucho más hermoso el recuerdo de algún momento allí vivido que el regreso a los pestilentes canales, a las hordas que invaden en todas las épocas del año ya sus calles buscando un burguer o colmatando con latas de cola las insuficientes papeleras. La masificación del turismo barato -me temo que ha desaparecido el viajero- convierte la laguna, como a otros tantos sitios que un día fueron algo, en un puritito parque temático donde se sustituyen viejas piedras por bambalinas de cartón piedra.

  2. NO me esperaba semejante trivialización vulgar de Venecia en boca de alguien tan sensata. Eso le pasa, probablemente, por viajar de “mochililla”: que no ve más que mochilillas. Venecia está ahí y si noi pregúntele al patrón, cuyas fercuentes crónicas de la vieja ciudad tengo recortadas como oro en paño. Parec mentira, doña Epi, cómo ha vuelto de revuelta. No se pase, córcholis, que van a salirle arrugas.

  3. He estado casi un més en Calabardina-Aguilas. Allí cada mañana caminaba hacia la Playa del arroz. Desde casa caminando media hora, de pronto me encontraba con un paisaje casi virgen. Desde las dos pequeñas playas que la componen no se divisa en su alrrededor ningúna otra cosa que mar y montañas.

    Sentíamos orgullo de estar solos entre una población de 40 millones de habitantes, disfrutando del silencio humano, la desnudez y el beso de las olas. Algo parecido al paraíso perdido. Todo ello sin gastarnos un puto €.

    Los problemas de los peninsulares los asociaba a disfunciones psíquicas.

  4. Doña Clara –cualquie rocsa vale para no enrar en el atentado contra Arcadi– nos pinta hoy su paraíso barato, con su “silencio humano” (¡?) y su gratuidad absoluta. Y lelga a la msima cónclusión de Astérix, el galo: “Los romanos están losos”, por referencia a los “peninsulares” (?). Pero bueno, ¿tiene algo que objetar a los agrsores o no? Tan fresco a la vuelta del paraíso, tampoco es mucho que le pidamos una respuesta.

  5. ¡¡¡Bienvenida doña Epi!!! Esto no era lo mismo sin usted, se lo prometo, y parece que el Jefe es de la misma opinión. No se nos vayta a ir de nuevo, porfa, pero tampoco venga con tantos ímpetus, que es que nos arrolla. Besos de todos.

  6. No seé si he entendido bien el toque que le da doña Epi a Vázquez Montalbán, pero me parece que la cosa va de palo y eso no le va a gustar a jag, tan íntimo e incondicional del gran escirtor. En serio, si lo que dice es que era mal novelista, no estpy de acuerdo. Otra cosa es que las películas osbre sus novelas fuerah mediocres. El cine español ha hecho películas mediocres hasta de Valle-Inclán, es una trituradora.

  7. ¡La desmesura humana! jagm ve claro en la realidad y sabe poner el dedo en la llaga. Ésa es la gran locura, el mayor pecado: carecer de límites racionales. Me ha gustado esa conclusión a propósito de la proeza china, que ahí queda para que cada uno de nosotros la apliquemos donde convenga, que sitios, por desgracia, no han de faltar.

  8. Los ecologístas de carné no están contentos con nada. Creo que en esta ocasión la dictadura china tiene razón aunque no sabemos cuantas injusticias y atropellos se han tenido que dar en el desalojo de esa gran extensión de terreno, pero sabemos que a nivel planetario esa presa es menos dañina que una sola central térmica y en cambio sustituye a un montón de ellas, no sé a cuantas.
    Ecológicamente, China es el mayor atentado de la historia porque ha sufrido la desforestación total más grande del mundo.

    El problema de Venecia es uno de los más pequeñitos que tiene la humanidad. Lo más sensato es dejarla hundir si es ese su destino. Yo le sugiero a quien tenga competencia y medios que empiece a organizar un tour operator especializado en el turismo submarino urbano. Ya verán en que quedan los arrecifes de coral, que están destruyendo los turistas acuáticos, al lado de la maravilla de una Venecia sumergida.

    Tienen toda la razón doña Épi K, el Sr. Dumont y JA. La humanidad se comporta como el mal estudiante, yo sé mucho de eso, que deja su obligación diaria para, en unos días, hacer todo el trabajo del curso a base de simpatina. Estamos asfixiando al planeta con la imparable e insostenible economía del crecimiento continuo.

    Entiendo a nuestra doña Épi K, que se congratula por no haberse reproducido, por la angustia que yo siento por mis descendientes que, probablemente, no puedan tener la oportunidad de llegar a viejos por la ruina del único planeta que nos puede sustentar.
    ¡¡Están locos estos humanos!!

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    Nuestra casta doña, felizmente resucitada, me confunde, porque a fuer de ser veraz, no nos ha contado el misterio de la existencia de D. Epifillio, que no puedo saber si es hijo ilegítimo, adoptivo o el hijo del pecado dado en adopción y recuperado a través del programa “El diario de Patricia” o así. Casto beso.

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