El rey Alberto, como si no hubiera tenido ya suficientes penas en esta vida, tiene que vérselas esta temporada con la amenaza palpable de la desintegración del país. Bélgica se rompe sin remedio desde aquellos años 60 en que comenzó a rebullir la querella lingüística entre la más que acomodada mayoría flamenca y los francófonos pobres deValonia (y de la banlieu de Bruselas), probablemente activa bajo las apariencias en el desastroso incidente del estadio de Heysel ya a mediados de los 80. Bélgica se rompe sin remedio y el rey hace equilibrios en la cuerda cada día más floja de un pluripartidismo atento sólo a sus obsesiones particulares, con la esperanza de que Bart De Weber, el jefe de la independentista Nueva Alianza, consiga en menos de dos semanas un acuerdo que evite la catástrofe. Nadie duda, ni fuera ni dentro de Bélgica, que el fondo de la cuestión planteada tras esa guerra de banderas –como en la Padania o en Cataluña, como en el País Vasco, para qué engañarnos– no es otro que el proyecto insolidario de quienes se saben más afortunados, de evitar el coste de esa solidaridad con las poblaciones menos afortunadas, pero lo que convierte el caso belga en paradójico es el hecho de que el conflicto separatista se produzca precisamente en una nación minúscula elegida, sin embargo, como sede del sueño europeo. Ver cómo se rompe en dos la nación-huésped del proyecto continental es, desde luego, una paradoja además de un desagradable disparate, y un ejemplo claro de cómo insignificantes iniciativas de secesión pueden acabar fraguando imparables movimientos para los que carece de sentido todo menos su obsesión. Si en diez días ese mediador no ha conseguido un acuerdo, Bélgica se irá, probablemente, al carajo, y una larga experiencia en la que se ha invertido tanto esfuerzo no habrá servido para nada. Pero no serán sólo flamencos y valones, sino los europeos de un continente en avanzado estado de integración, quienes tengan que reflexionar sobre el futuro que aguarda a un continente en el que ínfimas minorías parecen capaces de invertir el rumbo de unos tiempos venturosamente dirigidos hacia un ideal de unidad superior. Ver a la capital de Europa aislada en el piélago de un paisito implosionado no es algo fácilmente comprensible ni tranquilizador.

 

Habrá que tomar nota, pues, sobre todo habrán de tomarla esos que insisten emperrados en que España no se rompe más que en la imaginación de los apocalípticos, como si no estuviera a la vista –ni más ni menos que en Bélgica—el fantasma confederal. Pero es Europa la gran afectada, en definitiva, por ese espectáculo de la división que andan montando en el mismo escenario del proyecto continental.

5 Comentarios

  1. Comporbamos que nuestros alumnos se muestran indiferentes ante una posible rotura de easpaña como nación, PERO REACCIONAN SI TRADUCIMOS EL PROBLEMA A TÉRMINOS FUTBOLÍSTICOS. La Selección es la patria…

  2. España no es Bélgica, aunque le gustara a muchos.Hoy se puede estar de acuerdo con gm. No siempre.

  3. No sé si se han dado cuenta de que cuando se habla mucho de una cualidad es porque se echa en falta. Nunca se ha habla tanto de solidaridad desde que llegaron tiempos de vacas flacas .
    El artículo de don José António excelente, muy lúcido y algo desgarrador. A veces, de pura rabia, porque esta Europa que estamos haciendo no es la que quiero, digo que no soy ni me siento europea. Vislumbrando su posible desmorronamiento es cuando siento que soy totalmente y esencialmente europea.Más que Francia , o máas que españa, Europa es mi Patria. Una Europa cultural y espiritual, no la Europa de los merchantes y financieros. Un beso a todos.

  4. Ni siquiera la europa de los mercaderes funciona, doña Marta. Note que ja ha sido un de los escasos comentaristas eapañoles que han dedicado atención proecupada al caso belga. No somos europeos, desengañémonos, sino a la hora de tribcar subvenciones.

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