Puede que a ustedes les cueste creerlo pero en Holanda acaba de legalizarse el Partido del Amor del Prójimo, Libertad y Diversidad (PNVD) defensor al ultranza de la pornografía infantil y de las relaciones pedofílicas. Así como suena. Han dicho los jueces de La Haya que esa formación tiene derecho a existir como partido político reconociendo el derecho reclamado por su fundador, un tal Ad van den Berg, a rehabilitar –“redorer”, literalmente dorar de nuevo—la imagen de los menoreros, gravemente deteriorada en los Países Bajos después del tenebroso “affaire Dutroux” que muchos recordarán. El nuevo partido es, ciertamente, pintoresco además de repugnante, pues entre sus objetivos incluye nada menos que la supresión del histórico Senado y de la función del presidente del Gobierno, la legalización de las drogas (de todas, blandas y duras, por aquellas ya hace años que se venden libremente en locales propios) y, en fin, el establecimiento de la cadena perpetua para el asesino reincidente. Cualquier persona con los 16 abriles cumplidos tiene derecho a participar en rodajes porno y la edad sexual, ya de paso, debe bajar desde los 16 años en se encuentra hoy hasta los doce añitos. Es muy peligroso jugar con las libertades democráticas y extremar su fuero hasta deformarlo porque luego ocurren cosas como ésta que, en fin de cuentas, no es probable que lleguen muy lejos pero sí que constituyen un indicio aterrador de por donde va la vera en la aldea global. Cuando empezábamos a familiarizarnos –¡qué se le va a hacer, ninguna noticia resiste la reiteración!—con las redadas policiales de esos “asesinos de palomas” (Walt Whitman) que la pasma trinca cada dos por tres en Internet, resulta que viene la Justicia, o al menos, una Justicia, y nos devuelve a la barbarie arcaica de donde procedemos, es decir, a la vidriosa aurora de la civilización clásica. Al poderoso vehículo de la modernidad se la ha atascado la caja de cambio en la marcha atrás.

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El problema no es sólo, como digo, la atrocidad sino el anacronismo. Es cierto que en el mundo clásico el amor era cosa de hombres. Flacelière escribió que Ésquilo jamás habría centrado su dramaturgia en otro amor-pasión que en el entretenido entre dos varones, Plutarco mismo, en consonancia con toda una tradición, habla de la pederastia como de una vía virtuosa que eleva el espíritu, Aquiles y Patroclo o Sócrates y Alcibíades constituyen un modelo consolidado cuyo origen quería ver Marrou en la primitiva organización castrense de la comunidad, en una sociedad en la que la pederastia era tan normal como para que la figura del “erastes” o pervertidor fuera vista, en realidad, incluso por el pervertido, el “eromenes”, como un amigo benéfico. Ahora bien, ese ideal clásico cedió, en buena medida bajo el influjo cristiano, hasta dejar paso en Occidente a una visión enteramente opuesta, en la que la relación con el menor era considerada un aberración y castigada como un crimen. Y parece que ha llegado el momento de dra marcha atrás y volver hacia donde partimos, en nombre de una modernidad que oculta en su entraña la razón más provecta. Paul Veyne explicó que la pederastia fue en aquel mundo un “pecado ligero” no exenta de condicionantes clasistas. Vamos de vuelta desde este pretendido siglo de las nuevas luces al ambiente brutal de la palestra o a las doradas tinieblas de la isla de Tiberio, sólo que ahora los depravados no se disfrazan siquiera de protectores sino que esgrimen a palo seco su derecho canalla al abuso de la infancia. No sé qué añadiría hoy un Lautréamont a lo que ya largó contra esa ralea podrida, pero no me digan que no pone los pelos de punta, con la que está cayendo, legalizar en nombre de la democracia a la más abyecta degeneración. Probablemente nada está haciendo más por fortalecer el integrismo moralista que abusos desaforados como éste al que acaban de dar luz verde unos jueces holandeses.

9 Comentarios

  1. La Justicia es muchas veces difícil de entender pero, otras, resulta sencillamente inasumible. Deploro, por la parte que me toca (la Justicia es –debe ser–universal) la locura que nios cuenta jagm y que, curiosamente, la prensa espalola ha ignorado, que yo sepa.
    Un apunte: que esa legilitamación de lo deplorable no lluegue al final a ninguna parte, no hace cambiar las cosas: el solo hecho de amparar judicialmente a malvados como esos, es ya demoledor.

  2. Nuestra “Cultura” nace fruto de la represión de los instintos. Freud

    Y nuestra “Moral” fruto de la alianza de los débiles. Nietzsche.

    Ergo.. si luchamos contra los represores y contra los débiles… ¡ de qué nos quejamos !

    Eso tiene un calificativo que no quiero publicar y que todos saben…

  3. 18:48
    ¿Qué fue de aquella niña de doce abriles, de Huelva o de Cartaya, que se fugó con su profesor hace años?

    Nunca supe el desenlace pero me suena a que fue “feliz” o al menos contó con la comprensión de los medios.

    Lo mismo que entonces fue niña/hombre hoy, si se repitiera, podría ser niño/hombre. ¿Por qué no?

  4. El abuso del menor es una enfermedad creciente, de época. Todas las vueltas que se le den no son más que “racionalizaciones” (dedicado al freudiano de máa arriba) miserables. Un niño es un ser que tiene derecho a la protección del grupo. Como lo tienen los cachorros entre muchos animales, la mayoría. La Humanidad parece empeñada en distanciarse de los animales, para mal, por supuesto.

  5. El caso Dutroux fue (y sigue siendo, porque no está liquidado ni mucho menos) algo atroz, una conmoción en media Europa. En la otra media hay quien sigue proyectando atrocidades. Tratar de legitimarlas o “normalizarlas” es, en efecto, una vuelta al pasado.

  6. Bien traída la cita de Withman: asesinos de palomas y btodo lo demás: !”que dáis a los muchchos gotas de sucia muerte con amargo veneno”! Ha sido tradicional, casi un tópico, el rechazo frontal de la pederastia por parte de los homosexuales. Pero se ve que en esta hora del camnio todo puede superarse y bqueda, en efecto, idealizar el modelo clásico. La Humanidad descirbe en su discurrir dientes de sierra: no hay porgreso lineal, irreversible, fatal. No hay más que leer este comentario sobre esa noticia.

  7. Yo creo, en mi modestia, que vivimos un momento ilusionista en el que nada está seguro ya en su valor. Sexo, matrimonio, familia, disciplina del hogar, educación, libertades: no hay más que proyectar sobre la pantalla de la actualidad y aparece su reflejo invertido. Nadie sabe a dçonde va esta sociedad bastante enloquecida. Empezando por los cambiadores y siguiendo por los consentidores.
    El ejemplo de hoy, tremendo. Legalizar la pederastia es monstruoso. Creíamos superada la barbarie antigua pero resulta que siempore ha estado ahí, esperando el momento de sacar la cabeza.

  8. Niños esclavos, niños prostituidos, niños maltratados. Una nueva edad de hierro. El mal corazón gana enteros todos los días.

  9. Leo tarde, es mañanita de domingo, la sobrecogedora información del Maestro, erudita y razonabilísima como siempre, y los atinados comentarios de la peña. Ayer noche estuve leyendo en EM la historia de los festines caníbales que han quedado reflejados en los estratoss de la Gran Dolina de Atapuerca. No un hecho aislado, sino un rito gastronómico que se repitió durante siglos. Niños de tres o cuatro años que eran descuartizados y probablemente aderezados con las costumbres culinarias del momento. Ya saben, aromatizados con tomillo y orégano y seguramente braseados con mimo antes, durante o después de una mixtura de sexo y sangre.

    Nihil novum sub sole. En la refinada, culta –y explotadora- Holanda surge la ‘humorada’ de la legalización de la pederastia. Ya antes, por aquí más cerca, a propósito del reconocimiento del matrimonio gay, hubo quien sugirió los dichos y el posterior evento nupcial entre algún/a ‘modelno/a” y su gata o su iguana macho.

    Dejémoslo en anécdota y reclamemos con energía la vigencia de la Declaración Universal de Derechos Humanos, de la Infancia y otras que son fruto de la razón, del progreso del pensamiento y del deseo de una humanidad más libre y más noble. Dejemos las gansadas como la que cita el Anfitrión en eso, en puro despeño fecal de neuronas averiadas y escasas.

    Si Julio César, y tantísimos otros próceres a los que admiramos tanto, gustaban de la desfloración de efebos, si Calígula elevó a honores senatoriales a su jaco, si hoy cuatro subnormales se masturban con la visión del pornoanimalismo, dejemos la cosa en desvarío de una parte de la humanidad que ha estado siempre ahí y a la que probablemente alimentamos los sesentayochistas en nuestro ingenuo desbordamiento del concepto de libertad.

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