Invierno parisino, la gente apresura el paso por la calle. Dos de cada tres peatones caminan absortos como abducidos por sus auriculares, otros dos trastean sus “smartphones”, la muchedumbre de fantasmas abarrota calles y almacenes cuando no se detiene en el bistrot bajo el calor de la lámpara. París, como el resto del mundo, ha cambiado y ya no es el que era.

Tras el ábside de Nôtre Dame, una patrulla militar armada hasta los dientes: metralleta, pistola y casco en la cintura. En la puerta principal –como a la entrada de Saint-Julien-le-Pauvre, como en la de la Madeleine…– el anuncio terminante –“Sécurité renforcée. Risque d’attentat”— no parece alterar al gentío que permanece paciente en la larga cola. En la explanada del Louvre patrullan varias escuadras de soldados y en los Campos Elíseos o en los alrededores del Arco del Triunfo, a esas fuerzas se unen los retenes de policías antidisturbios. Vigilancia patente –la secreta debe de ser mucho mayor— también en la Concorde, en Saint-Michel, en los concurridos alrededores de Ópera, en torno a las estaciones del Metro en cuyo laberinto arrullan los violines mientras los mendigos sirios añaden discordes su nota desesperada. Bajo la cartelería del “Frexit”, esa mala copia del espasmo euroescéptico, la gente apresura el paso urgida por el frío intenso, atenta como una legión zombi a sus trebejos electrónicos, sin inmutarse siquiera bajo el breve chubasco. “Risque d’attentat”: Paris sigue su curso, con una indiferencia rayana en la temeridad, quién sabe si con la procesión por dentro. Aislada todavía hoy en la “banlieue” periférica, en un par de generaciones, la inmigración parisina –en especial la islámica— podría superar a la población autóctona pero, de momento, ahí está ya, junto a las dos grandes tragedias vividas, el permanente “risque d’attentat”. Invisible, fantasmagórico y real como la vida misma. Decididamente, París, como todo el mundo, no es ya el que era.

Lo advirtió Edgar Morin a finales de los 80, como una profecía: estamos sometidos a un “double bind” entre la exigencia biológica que encarna el pacifismo y la exigencia de libertad que requiere defensa y protección. Lo recordamos hoy revisitando esta Babilonia tantas veces estremecida y siempre resurgida de sus colapsos, contemplando el gentío que discurre autista bajo el gris matinal cuando una falla en la nube más alta deja entrever una tímida ráfaga de sol. ¡“Risque d’attentat”! Habrá que aprender a convivir en el nicho de esta libertad vigilada. París, Europa, el mundo entero no son ya la ciudad alegre y confiada que un día conocimos. Tal vez nosotros, como decía Neruda, tampoco seamos ya los mismos.

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