Un mundo globalizado es terreno abonado para el fraude del impostor. Tendemos a creernos todo lo que circula en los medios sin demasiadas posibilidades de comprobar su autenticidad, en especial si la especie lleva la impronta escandalosa. Hace unos años la propia reina Sofía abogó por la concesión del premio Príncipe de Asturias a favor de una atractiva camboyana, Somaly Mam, que recorría el planeta contando una película no poco pornográfica en la que ella era la heroína y víctima principal. ¡Cualquier cosa era posible en la Camboya legendaria de los djemeres rojos y sus sucesores! En efecto, le acabaron dando el codiciado premio, gracias, entre otras cosas, al apoyo financiero del Gobierno de ZP, pero, años después, cuando ya casi habíamos olvidado su odisea, unos reporteros audaces han descubierto en Camboya que la historia de esa denodada lucha y la redención de las niñas puteadas no era sino un invento, hay que reconocer que imaginativo, de una fabuladora que incluso alcanzó a dar su matraca en la Asamblea General de la ONU para testificar la muerte de un grupo de niñas que ha resultado por completo falsa, según ha reconocido ella misma. Ojo al parche, porque lo mismo que nos la ha dado con tomate esta Somaly, nos la puede dar cada mañana y cada tarde el falsario de turno a poco que consiga difundir su mensaje entre esta audiencia universal y crédula que acaso prefiere ser engañada diez veces por la impostura a equivocarse una sola vez ante la queja auténtica.

 

Me pregunto cuánta gente andará por ahí, en nuestro entorno democrático y todavía relativamente sensible a la solidaridad, viviendo del cuento que nosotros, en nuestro obligado papel de privilegiados, no tenemos otro remedio que tragarnos como pardillos, pero de antemano me malicio que más de la que pudiéramos imaginar en principio. A Somaly no le han dado el Nobel de milagro, lo cual, tras habérselo concedido a Kissinger, tampoco entrañaría excesiva gravedad, pero esa mera experiencia debería alertarnos de manera que se adoptaran al menos unas medidas mínimas a la hora de entronizar a esos héroes exóticos. Resulta que en un mundo como un inmenso pañuelo cualquiera tiene a su alcance un disfraz que le abra las puertas del baile. Lo que, si me preocupa, es por la Opinión, indefensa ante la impostura y nuestra propia novelería. La novela de Somaly se la ha tragado hasta la Reina sin que nuestros servicios secretos la olieran siquiera.

4 Comentarios

  1. Me suena esta columna… En cualquier caso el caso me parece espectacular, y no me explico como la Reina no dispone de mejor información. Ya podían tanto servicio secreto averiguar lo que han averiguado dos periodistas de a pie.

  2. Ay, la audiencia universal y crédula… No es masoquería: como ando poco con el carro, tengo sintonizada la radio en una emisora de predicadores evangélicos. Lo vergonzoso no es la caradura del ‘speaker’, que tiene en su chuleta versículos del Apocalip. o de los salmos, o de cualquier otro cachito de Biblia. Igual termina creyéndose lo que altavocea, pero me da como que no. Lo doloroso es la de gente cándida que le confiesa sus temores, sus deseos o sus necesidades. Y por supuesto, el óbolo que de una u otra manera va a apoquinar.

  3. El caso de la camboyana es extraordinario, tanto por la audacia de la impostora como por el descubrimiento de que lo mal rodeada que está la Reina o, cuando menos, de lo poco eficaces de unos servicios que debieron avisarla. En ayuda internacional –y también nacional– no hay que confiar más que en dos o tres organizaciones acreditadas que no es preciso que yo nombre aquí. Pero ¿y de los organizadores del Pº Príncipe de Asturias, qué me dicen?

  4. La astucia de la mujer… Tan grande en este caso que se la “dio” a toda una Reina y un Jurado de señores importantísimos. ¡Qué hemos de hacer sino cargar con el mochuelo!

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