En la visión apocalíptica, el caballo negro es el hambre, el azote que sitúa la injusticia social a la altura de la violencia física y la muerte. El caballo negro y el jinete que lleva la balanza en la mano, la voz que hablaba del pan y el salario de cada día, es decir, de la explotación de la necesidad y del abuso del lujo. El caballo negro ha cabalgado siempre pero acaso nunca como hoy. Se amontonan los datos difíciles de asumir, incluso de creer, para nosotros los privilegiados que una y otra vez prometemos la ayuda de nunca acabar. Hay que repetirlo: más de media Humanidad vive con menos de dos euros al día, según los expertos del Banco Mundial, mil millones de “criaturas” –como dicen nuestras ministras– se las apañan con un solitario dólar. Esos mismos expertos sostienen que el mundo rico se gasta cuarenta veces más en cosméticos que en donaciones contra la plaga del hambre: “el aceite y el vino (el lujo), no lo dañes”, reprocha el Apocalipsis. Es la “obscena desigualdad” que denuncia Mandela, el gran fracaso de un mundo sobrado de recursos, en el que una de cada tres personas padece hambre crónica, en el que esos mil millones de niños son víctimas de la pobreza, de la guerra y del sida, mientras los nuestros se aburren en la sobreabundancia. ¿Sabían que uno de cada diez de los niños del mundo pobre no alcanzará los cinco años y que en esa vasta área –Asia meridional sobre todo, África casi al completo, buena parte de Sudamérica pero también zonas de la Europa del Este–  fallecen al día 25.000 de ellos a causa de enfermedades fácilmente evitables? Pues créanlo porque es cierto y comprobado. ¡Lo que sobran son demostraciones! Y las mujeres, por descontado, llevan la peor parte en la estadística. El caballo negro cabalga piafante como si se acabara de abrir el “tercer sello”. La especie no ha superado nunca la ferocidad cotidiana aunque haya sofisticado eficacísimos sistemas para disimularla. Incluyendo el de su exhibición: nada narcotiza tanto la conciencia como la repetida contemplación del mal.

 

Estos mismos días asistimos en Sudáfrica al gran montaje de la ocultación. Obscena desigualdad, en efecto, la que nos oculta la propaganda al mostrarnos el esplendor. Pero no hay que ir tan lejos. Aquí mismo, en Europa como digo, en la misma España, donde la denostada Iglesia mayoritaria, a través de sus organizaciones, hace encajes de bolillos para multiplicar los panes y los peces prodigando la sopa boba, mientras se ultima contra ella el borrador de una retrógrada ley y desde cierto radicalismo impotente se reclama que se le suprima la ayuda estatal. Mala cosa que hasta el Apocalipsis permita  una bergmaniana lectura actual.

4 Comentarios

  1. El hambre, un fantasma que no deja de rondarle por la cabeza, querido y admirado ja. ¿Cuántos artículos ha dedicado ya al tema? Cada uno de ellos seguro que hará su bien en algunas conciencias. Muchas veces me extraño de que este asunto no sea un tema constante en los periódicos.

  2. Ayer me conmovió su devoción de abuelo, hoy me conmueve su insistencia en la denuncia de este crimen cuya responsabilidad se reparten los países ricos. Comparto con usted la idea de que la desigualdad es el gran factor de desorden social y también la nostalgia de un tiempoen que, almenos teóricamente, fue repudiada ne nombre de la utopía. ¿Se acuerda, ja, de cuando entonces? No hay que bajar la guardia, porque nuestos amados nietos no deben hacernos más viejos sino más jóvenes. Quiero decir más bueno, no más “radicales”, y ustedes me entienden, supongo.

  3. Según van las cosas, hasta ahí se andará y más lejos aún, para que, al final sufran más los que nada tienen.
    un beso a todos.

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