No hay por qué cargarle a san Agustín todo el peso de su lamentable comparación del lenocinio con las letrinas de la ciudad. Lo mismo que Agustín piensan, tantos siglos después, infinidad de “usuarios” y teóricos de la prostitución, en especial desde la óptica socialdemócrata y verde, partidarios decididos de la “normalización” del puterío y la elevación del estatus de los prostituidos hasta igualarlos en el terreno laboral. ¿Por qué no vigilar de cerca a chulos y curradores, por qué no permitir que la mujer (del varón no suele hablarse, es curioso) pueda cotizar a la seguridad social para garantizarse unos servicios sociales imprescindibles y un futuro siquiera mínimamente digno? En Francia las “maisons d’ envie” o “maisons closes” fueron cerradas al acabar la Guerra Mundial, Franco las ilegalizó sin excepciones y en Alemania se procedió a la legalización del negocio del cuerpo en 2001 dando lugar –según una encuesta que publica Der Spiegel—al mayor burdel de Europa en el marco de una verdadera industria controlada, como en España, por empresas camufladas como turísticas que se han convertido en el chulo colectivo de esas esclavas sexuales. Claro que un negocio que produce al año más de 14.000 millones de euros y que cuenta con 200.000 trabajadoras en un país es un subsector demasiado importante como para que pueda ser sometido a un control siquiera mínimo, lo que ha provocado una situación aún más miserable de las presuntas protegidas, cuyos salarios, entre otra cosas, se han venido abajo por la competencia de mujeres importadas de Bulgaria, Rumanía y otros países del Este miembros de la UE desde 2007. Resulta desolador el panorama de “ofertas” y “oportunidades” que, en la práctica ha llegado a suponer para algunas desdichadas la obligación de satisfacer nada menos que cuarenta “servicios” al día. Agustín no se equivocaba tanto, después de todo, al emplear su triste comparación.

Propuestas rayanas en lo delictivo y miserables descuentos a la clientela ocultan la desoladora realidad de una nueva esclavitud que la supuesta protección legal no ha hecho más agravar en su dependencia. Se alquilan los cuerpos (y quién sabe si las almas) al amparo de esa cobertura normativa que lejos de acabar con el “oficio más antiguo del mundo” no ha conseguido más que degradarlo. Baudelaire, que era un visionario, decía que no existe placer que no pueda ser reducido a la prostitución. A la nueva industria, maldita la falta que le hacen estas filosofías.

12 Comentarios

  1. Esos no son empresarios sino chulos “legales”. De todas formas, siempre pensé que esta discusión sobre la “normalización” de ese negocio no tendrá fin.

  2. ¿Es que no hay una fórmula para evitar la miseria de esa profesión? Parece que no, por los resultados, pero es lamentable que hasta para “vender” algo tan íntimo la mujer necesite ir de la mano de un tío.

  3. Es la veta idealista de nuestro amigo, que le sale a la menor de cambio, incluso en temas en que, como dice don Zas, tal vez la conclusión es conocida antes de abordarlo. Lo que sí es notable es la organización moderna, “industrial”, del proxenetismo y en eso es verdad que nuestros países deberían reflexionar. Espero que don Epi nos ilumine con un comentario de los suyos, porque realmente el tema es deprimente.

  4. Los datos que dan son escalofriantes, una pena, que explica que haya intenciones frecuentes de “mejorar” las condiciones de vida. Hay en estos tiempos mucha novela sobre la posibilidad de ejercer esa profesión por un tiempo y luego escapar de ella. Tengo muchas dudas sobre el particular.

  5. En buen sitio has ido a poner la era, Curiosón. Hay quien está tan hecho a la ojana que sospecha siempre. Mala uva aparte, claro está.

  6. La vida es así de dura, así de injusta, así de perversa. Recuerden de sor Juana Inés: ¿Pues quién es más loco al fin, la que peca por la paga o el que paga por pecar?

  7. La prostitución es consecuencia de la sociedad desigual, de las organizaciones sociales en que distan mucho entre sí unos que todo lo tienen y otros que carecen de todo. Así fue siempre y me temo que así seguirá siendo, si es que la cosa no va a peor.

  8. No querría defraudar a mi don Pangloss. Ayer, con ocho o diez líneas de comenta ya escritas, decidí borrarlas. Su alusión me hace volver a ella.

    Alguna vez –esto es cuasi una confesión, mi don Páter– acudí a una sala de masajes. Las causas que me empujaron allí las dejo a la imaginación de cada uno.

    Me atendió una verdadera gheisa, educada, delicada y profesional en top-less… hasta que se desprendió del leve pareo. En la tarifa aplicada –body-body, con derecho a caricias mutuas— estaba rigurosamente prohibido no solo el sexo, ni tan siquiera que mis manos pudierna salir de estrictas fronteras. Fue algo delicado, sutil y el final feliz acudió casi sin esperarlo.

    En el rato de charla posterior –aún restaba tiempo del ‘adquirido’– me juró y perjuró la gheisa que tenía un horario laboral común; unos emolumentos solo algo superiores a una obrera cualificada y que sus nóminas y su SSocial eran religiosamente (?) pagadas por la empresa.

    No he vuelto. Simplemente porque no era barato. Pero salí preguntándome si al menos un determinado tipo de prostitución no podría funcionar con idénticas normas. Eliminando al proxeneta, cumpliendo los compromisos laborales, aplicando un impuesto –la chica me dijo que tanto ella como la empresa lo pagaban– sustancioso…

    En polémico libro que he ojeado antes de decidirme a escribir esto, se hace mención a que en Roma no son pocos los locales exquisitos en que monseñores y eminencias saldan su deuda con la carne, como alternativa a los casos de homosexualidad casi obligados entre comunidades tan célibes como la Curia.

  9. ¿No cree posible la castidad, señor Epi? Pues lo es. Un hombre puede controlarse… a veces, pero hay casos, puede estar seguro.

  10. Con un dia de retraso me entero de la discusion.
    En mi opinión lo importante no es la etiqueta que te cuelgan, ni el oficio que ejerces sino lo que realmente eres.Hay mujeres felizmente casadas con mentalidad de putas y viveversa.
    Me parece absurdo prohibir la actividad, o, encerrarla en una legislación demasiado cohercitiva, lo que viene a ser lo mismo. Lo que hay que impedir es que las condiciones de “trabajo” sean demasiado atroces.
    Besos a todos.

Responder a Zas Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.