Encerrado en sus propias contradicciones, el régimen castrista ha de pechar esta temporada con graves problemas aparte del delicado hospedaje de Hugo Chávez y la aventura que ha supuesto el levantamiento de la prohibición de viajar por el mundo a sus ciudadanos. Uno de esos problemas es el de restituir el “buen gusto” a las manifestaciones artísticas y espectáculos, cuyos contenidos, en especial a partir del auge del “reggaetón” y otros modalidades, cuyos contenidos tanto como sus coreografías son considerados por el régimen como contrarios al “buen gusto” y, en consecuencia, por completo opuestos al “carácter cubano”. Una composición, realmente obscena, de un músico joven, el “Chupi, chupi”, que ha hecho furor en los últimos tiempos han provocado la reacción del Instituto Cubano de la Música que auspicia un proyecto de ley capaz de impedir tanta perversión a cambio de potenciar un ambicioso plan recuperador de la tradición popular, cuyo programa-estrella es, por ahora, el de creación de bandas de música municipales restauradoras de la respetabilidad y esa estética perdida. Las dictaduras –y más las “dictablandas” que las suelen suceder—coinciden fatalmente en su interés moralizador que no suele ser otra cosa que el sustitutivo de una política agotada en manos de la gerontocracia. Escucho en la tele al director de ese ICM, Orlando Vistel, una declamación defensora de las buenas maneras y de los límites estrictos que, a todos los niveles, debe tener no sólo el arte sino también el espectáculo, es decir, la propia diversión, que en modo alguno escapa al dirigismo “revolucionario”. Los mismos que han transigido con el putiferio turístico con tal de allegar dólares para la isla se oponen ahora por las bravas a los excesos de una juerga juvenil por completo incompatible con el carácter adusto de los “libertadores”.

 

El totalitarismo acaba chocando siempre con las vanguardias juveniles, por banales que estas puedan ser, porque la seriedad es marca de la casa y garantía del sometimiento, y hay ocasiones, como la presente, en que termina pudriéndose acorralado en su propio arcaísmo. Octavio envió a Ovidio al Ponto Euxino por publicar un “Ars amandi” que se sabían de memoria en Roma tanto las matronas como las colipoterras y que sería un catecismo infantil comparado con el despiporre  que se avecinaba en el Imperio decadente. La moral, escrita con minúscula, sí que ha sido en todo tiempo el último refugio de los canallas.

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