Todos hemos padecido alguna vez el efecto de la jerga de nuestros profesionales. El mecánico del taller tiene mil palabros con que justificarte el sobreprecio de su obra. El médico, aun no sabiendo griego, que es lo normal, se sube por las paredes si le sugieres que crees que eso de tus parpados hinchados pudiera ser una blefaritis. Una vez en Buenos Aires, en compañía del gran Jesús Quintero, un juez cubierto de la ceniza que caía de su cigarro al que consultábamos cierto asunto, nos dejó secos cuando me miró fijamente y me dijo en lustroso porteño y con marcado acento lunfardo: “Mirá, pibe, lo primero que tenés que haser es acusar personería”. Pues ¿y los economistas que tienen sin resuello y en bragas al país por culpa de esa prima de un tal Riesgo de la que nadie tiene noticia ni sabe dar razón? La RAE separa hoy jerga de jerigonza pero a principios del XIX (en 1832 concretamente) aún sostenía que una cosa no era distinta de la otra, y cierto es que ella misma, o sea los filólogos, también se las gastan buenas para disfrazar lo obvio cuando nos abruman con sus epéntesis, diátesis y palíndromos, a pesar de tener claro que la jerga es habla de grupo diferenciado, como decía Lázaro Carreter, que incluye a médicos, filósofos y hasta tipógrafos, y cuya misión es, en definitiva, valorizar el saber o encubrir la ignorancia. Viene ello a cuento de la espléndida crítica que un joven y brillante juez acaba de publicar aquí mismo criticando como demagógica la instrucción del ministro del ramo que exige a los “operadores de la Justicia” que “hablen claro” porque “deben saber que ocultándose tras las palabras, lo único que se consigue es hacer daño a los propios justiciables”. Bueno, hombre, ni calvo no con dos pelucas. Un juez malagueño escribió hace años en una sentencia algo así como “que lo que le pedía el cuerpo era absolver” no sé qué y lo crujieron sus superiores. ¿Qué sufrido hipotecado sabe hoy, en este país deslatinizado, que “hipoteca” significa “colocar debajo”?

 

El ministro tiene una cara que se la pisa cuando, con la que tenemos encima, trata de distraernos con esa novela de la transparencia verbal mientras disimula la mayor crisis de la Justicia que hayamos vivido, mientras los juzgados rebosan de pilas de papel timbrado o sin timbrar, mientras se roban impunemente expedientes o pruebas de sus sedes, y mientras los grandes jueces representan su entremés dirigidos por un apuntador que ni siquiera se esconde bajo la concha. ¿No se inquieta ante el estropicio del Estatuto catalán que ha roto España y pretende preocuparnos con la jerigonza forense? Vamos que nos vamos, señor ministro, que bastante tenemos ya con soportar este teatro que usted dirige –esperemos que por poco tiempo– desde la platea principal.

4 Comentarios

  1. Lleva toda la razón en lo de la jerga, ese truco profesional y/mafioso que, en efecto, no es más que jerigonza. ¡Pero qué éxito han tenido! Vean los diccionarios especializados, verdaderos centones de palabros. Los médicos hablan griego sin saberlo, como el “prosista” de Molière, los letrados nos envuelven en palabrería convenida, olos economistas para qué hablar. No confundir esto con el lenguaje de las ciencias (la Física o la Química,la Matemétaica, por ejemplos), que son pura necesidad lógica de crear un sistema de conceptos.

  2. Admita que los sociólogos, a los que no apunta con el dedo, también gatsan su jerga, bien que sacada a de la filosofía y hasta de la propia ciencia natural. Es inevuitbale, creo sinceramente, que los expretos hablen entre sí, “para sí”, y no temgo tan claro que lo hagan solo por encriptar su discurso y evitar que lo entiendan los profanos.

  3. Nada que objetar a la tesis: las jergas son “defensivas”. Quienes las emplean no buscan sino eludir su comprensión fácil y general. Pero lleva razón la columna al sostener que ese es tema menor hoy tal como está la Justicia. El ministro trata de despistar mientras los Altos Tribunales, más o menos, bajo su batuta, establecen cosas tan raras como legitimar la violencia de los huelguistas.

  4. Para jerga la de los jóvenes actuales, comon bien sabemos los enseñantes, cin sus “a ver” inevitables, sus “tías” y “tíos” contínuos, y demás tópicos. Cada uno se defiende como puede, se encierra en el círculo de tiza de su argot, que es como una mnuralla frente a los de fuera del grupo. Todos tenemos nuestra culpa en este terreno.

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