El domingo pasado Moscú registró una movida circulatoria organizada desde las redes sociales contra las aspiraciones de Putin en las presidenciales del próximo 4 de marzo. Un largo desfile de coches –hasta ahora visibles por toda la capital con sus lazos blancos en el retrovisor– han desfilado por un amplio trayecto haciendo sonar sus claxons para responder a los saludos que, con sus pañuelos blancos, les devolvía el peatonaje desde las aceras. Reclaman unas elecciones limpias, cierto que sin gran orden ni concierto, convencidos de que, en las pasadas, el puchero funcionó a fondo, y han elegido ese símbolo, el blanco, que en Rusia, por razones obvias, no resulta nada insignificante sino todo lo contrario después de la guerra civil posterior a la Revolución del 17. Junto a ese emblema de combate, los protestantes exhiben grandes carteles con la efigie de Putin pero tachada con una gruesa cruz negra y el lema maximalista “Todo menos Putin” que expresa con fuerza una opinión que comparten desde los viejos comunistas a los llamados “nuevos liberales”, un buen número de personalidades de la cultura y, por descontado, el fantomas cibernético. Parece que lo que más ha inquietado, en todo caso, no ha sido le perspectiva electoral del movimiento, que es escasa frente a la que ofrece el aparato oficial, sino precisamente ese símbolo del color que los rusos opuestos al bolchevismo adoptaron en su día. A Putin no parece gustarle que sus opositores hagan suya la simbología de de los viejos rebeldes, ese blanco que está en la enseña rusa desde el XVII y que trasciende hasta simbolizar valores trascendentes aparte de significar la libertad. El patente cambalache del poder ruso no parece que corra peligro pero preferiría no ver de nuevo consagrado ese blanco tradicional que tanta sangre rusa lleva empapada.

Nadie ignora que al popularidad del mandamás ruso han caído en picado en los últimos tiempos, pero tan sólida es la fortaleza de su enrocamiento que la pregunta que se hacen muchos analistas del país es siempre la misma, a saber, quién podría sustituir a Putin con un mínimo de solvencia, descontados los figurantes que, con su consentimiento, aparecen en la contienda como falsos competidores. Una vez más, una oposición desconcertada se agita ingenuamente frente al entramado de intereses que sostiene de manera firme la tragicomedia rusa. Pero es sabido que la disidencia no basta a la hora de enfrentarse a un régimen tan profundamente enraizado en intereses tan complejos. Ese blanco exhibido sobre el Moscú nevado no es ya ni mucho menos el que acaso nos conmovió en la paleta de Bulgákov y el nuevo zar lo sabe de sobra.

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