Acabo de devorar un libro de factura excepcional que trata sobre el problema del arte contemporáneo, las causas de su desenfrenada evolución y su gramática parda, de tanto éxito oficial como evidente fracaso popular. Está escrito por un autor joven y culto, José Javier Esparza, en cuyas antípodas ideológicas me encuentro en tantas cosas pero con el que coincido plenamente en su análisis de esta curiosa enajenación colectiva en que se está convirtiendo el insólito mundo de las “performances”. Ya en 1925 avisaba Ortega de que ese “arte nuevo” era “impopular por esencia; más aún, siempre lo será”, lo cual decía mucho viniendo de un elitista acreditado como él. Allí, en “La deshumanización del arte”, encontraríamos más de una idea que hoy renueva Esparza al analizar “Los ocho pecados capitales del arte contemporáneo” (ed. Almuzara), a saber, el culto a la novedad, la ininteligibilidad, la laxitud del soporte, su naturaleza efímera, su nihilismo fanático, su enfeudamiento con el Poder, el naufragio de la subjetividad del autor y la desaparición de la belleza, que han convertido ese ejercicio estético en un disparate o en una estafa. Un arte que vende productos como la famosa “Mierda de artista” de Manzoni, cadáveres en formol o hasta los estragos de la cirugía estética sobre el propio rostro (‘body-art’), Cristos erectos o muchachos ahorcados, cuando no elimina la realidad y renuncia a los tradicionales instrumentos expresivos, comienza y termina en la presunción gratuita de que la novedad es el valor estético en sí, es decir, en un fracaso rotundo del que sólo el Poder interesado puede rescatarlo. Esparza refuerza a Ortega en la idea de que ese “no arte”, nihilista y regresivo, “tiene a la masa en contra suya y siempre la tendrá”, pero añadiendo por su cuenta, con razón, que también tiene en frente a las elites independientes y libres para las que la historia de la cultura es algo más que una pirueta narcisista o un sacaperras.

 

Un tema que viene a ser como escribir en el agua, y lo será mientras semejante anticultura convenga al vigente proyecto de dominación social. Pero yo no lo había visto resumido y criticado con tanta pericia conceptual como en este libro de excepción, al que no le arriendo la ganancia cuando llegue a oídos de la influyente “transvanguardia”, ésa de la que Valéry decía que todo cambia en el mundo menos ella. Un serio aparato crítico apoya el discurso de Esparza al hilo de la brillantez solvente de su sentido común, que ni siquiera cabe intentar resumir en estas líneas, pero que le otorgan una solidez que a más de uno lo hará subirse por las paredes. No es verdad el dicho de Miró, tantas veces recordado, de que el “arte está en decadencia desde las Cavernas”. Sí lo es que hay mucho bergante subvencionado que lo está convirtiendo en un lamentable tocomocho.

11 Comentarios

  1. Hablando de performances. Les confieso un pequeño vicio: cuando hay orgías vaticanas -léase gordos fiestorros de guardar, navidad, Ssanta, o como hoy, canonizaciones- busco en la tele la cadena que me proporciona el espectáculo. Suelo verlo muchas veces sin voz, una gozada, esas comitivas, esas reverencias, esas multitudes, ese colorido, esos gestos de siglos. Incapaz de soportar la inmovilidad de la òpera –ni sus gritos- me resulta más atractiva la farfolla sampedrista.
    Hoy era uno de esos días. Con un aliciente: a los oros vaticanistas, se unía el recamado de los patriarcas griegos. No quería perderme la sonoridad del viejo y clásico idioma, por más que no pille más que alguna palabrilla suelta. O sea, que tres rayitas de volumen y a disfrutar. Jo, qué maravilla, esos Dominus vobiscum y similares. Pero cuando un tenorino relamido comenzó sus gorgoritos con el In illo tempore, una voz en off empezó a leer en español el texto de Marcos, que desde chiquetiyo conozco como “el joven rico”. Ay, la funesta manía de pensar. Se me ocurrió comparar las palabras del Cristo con la profusión de riqueza que se exponía ante mis ojos. Recuperé el mosqueo macabeo que me recorrió en mi segunda y última visita al Vaticano –la primera fue una espantosa cola y poco más- que fue cuando me prometí no volver, después de haber provocado un par de tenidas de cateto, lo que soy, con un guardia suizo y una monja remilgada y altiva.
    Escuché un poquito la repetición de la Buena Nueva en helénico, pero el encanto se había roto ya. Mi magdalena particular se había despojado de sus tafetanes y la veía, enamorada, con otro látigo al lado del hijo de la llamada virgen –himen muy elástico o permisivo, lo considero yo- vapuleando a los que habían convertido el templo, sitio de oración, en lugar de ostentación vergonzosa. No llegué al Credo. Mejor. Casi todos los que estaban allí, tampoco.
    (Admito zurriagazos de todos los grados del semicírculo).

  2. El libro me lo he de procurar enseguida, pero ya les recomiendo o, por mi lado, «La palabra pintada» de Tom Wolfe, otra desmitificación en toa regla. Según Wolfe los que recordará la hHistoria no serán los Tapiès del «Carton de embalar», no el «uárjol» de las marilines de colores, nui el Barceló de los espaguetis pegadosa al lienzo, sino los «gurús» que consiguen que esos camelos fantásticos consigan entrar y salir! del Mercado.

  3. Saludo ese libro, como saludé en su dái el que cita aquí arrina el doctor Pangloss, que uno tuvo sus ínfulas pictóricas,m no vayanb a creerse, y de paso le digo a Yamayor que comparto su homilía sobre el evangelio del joven rico de cabo a rabo. Únicamente echo «de más» algún comentario sobre la virgen madre impropio de quien suele ser del todo original. Me ha recrodado a Saramago, tan admirado por otra parte, en este punto. Una lástima que gustoso absuelvo.

  4. Es verdad que estamos hasta la coronilla de esas performances de mierda (a veces, sic), y todo ese mercado del truco empezando por ARCO. Bienvenidos los libros que se enfrenten a ese abuso que está destruyendo el arte en manos de los mercaderes y de los ineptos.

  5. Siempre en el mundo de la pintura ha habido escándalos y tomaduras de pelo. Lo que pasa es que antes los marchantes solían robar a los pintores verdaderos , grandes, pero, por lo menos, sabían reconocerlos.Les compraban las obras por cuatro reales, o asalariaban a un compinche para que las copiara, lo cual era un homenaje que el vivio rendía al arte. Hoy eso ya no es necesario. Los marchantes fabrican pintores y los lanzan a l mercado como quien vende pastillas de jabón. En Francia, en particular , en las escuelas de Bellas Artes, no crean que les enseñan a pintar, las proporciones, los colores, todo eso. Que va : lo importante es saber hablar, comentar, explicar, analizar, divagar sobre la obra presentada, sea cual sea su valor, porque TODA OBRA ES ARTE, basta con decretarlo.
    Besos a todos.

  6. No estoy yo tan degura, querida madame Sicard. Recuerde que a Van Gog no le compraron más que dos cuadros y tuvo que ser su hermano el comprador. No se fije en los galeristas, meros boticarios, sino en los gurús de que hablaba Wolf y ha citado alguien antes. Esos son los que «construyen» teorías y argumentaciones. Los propios artistas son meros juguetes en sus manos.

  7. Batalla perdida ésta de del arte estafador, precisamente por eso, porque es «un» arte. Boadella hizo una parodia excelente en uno de sus últimos montajes: una limpiadora se encontraba una «performance» y la tiraba a la basura para desesperación de los galeristas. ¿Y saben una cosa? Pues que Boadella no hizo sino tratralizar un hehcop real ocurridop en una galería barcelonesa con una obra de…, no, eso lo dejo para que lo investiga otro. Tengo entendido que jagm conoce esta histpria porque se la oí en una intervención pública.

  8. No me compare con Sara Mago, padre Cura, que salgo perdiendo. Pero me choca tanto que la Santa Madre I.C.A.R. haya montado la alharaca de siglos acerca de María, en la tónica de una raza y una cultura que miran hacia la mujer como ser inferior y luego haya montado esos dogmas infumables basados en la ignorancia y el desprecio de la anatomía y la fisiología femenina…

    Luego la ‘asumptan’ al cielo, ¿a qué cielo, a donde suben los aviones, las naves espaciales? y dogma que te crió. ¿Tan necesario era fabricar ruedas de molino que ofenden a la razón y a la inteligencia, para pretender luego que las comulguemos sin rechistar? Sé que no me va a contestar a nada de esto y prefiero que sea así, pero creo que estoy recobrando algo del cristianismo -el líquido amniótico en el que he vivido siempre y del que nace nuestra cultura- en que me educaron, pero me temo que cada vez soy menos católico. A. y R.

    No sé si tendrá absolución para cosa tan gorda.

  9. como no sea a traves de subvenciones por ende impuestos este pais no se levanta culturalmente ni a tiros

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.