De nuevo, como hace unos tres años, al cumplirse el decenio de la muerte/suicidio del primer ministro francés Pierre Bérégovoy, el debate sobre la extraña suerte de ese insólito espécimen de político honrado vuelve a abrirse en ciertos círculos franceses y no precisamente vinculados a la derecha, ni a la mediática ni a la otra. Destaca sobre ese fondo oscuro la vaga sombra añadida que se sitúa sobre la figura de Mitterrand varios de cuyos hombres de confianza habrían desaparecido en circunstancias ciertamente extrañas. Una exhaustiva y apasionada encuesta confeccionada por Dominique Labarrière bajo el concluyente título de “Cet homme a été assassiné”, se lleva la parte del león de esta “revival” probablemente inútil pero que, qué duda cabe, repone sobre la mesa unas sospechas que han podido conocer lo mismo los sesudos lectores de ‘L’Express’ que la indomable basca de “Le Canard enchaîné”, concordes todos en que resulta difícil de tragar que un señor tan cuerdo se suicide por un quítame allá esas pajas y en las propias barbas de su guardaespaldas, y no sólo de un tiro en la cabeza ¡sino de dos! No es nuevo que entonces se habló de la depresión del “premier” a causa de su derrota electoral y, sobre todo –admírese la ubérrima raza española–, por el “escándalo” que habría supuesto el descubrimiento de un crédito blando que le habrían concedido para comprar un apartamento en el distrito XVI, pero ni siquiera haría falta empaparse de la pesquisa de Labarrière para abrirse a la duda más mortificante. Ahora, además, en lo que se pone el acento es en la coincidencia de que esos “hombres del Presidente” acabaran más o menos de la misma sospechosa manera, a saber, el director de Seguridad, René Lucet, en 1982, también de otros dos tiros en la cabeza (“mortales ambos y sucesivos”, según el forense), Françoisde Grosseouvre, un espía cualificado, en 1999 y también del consabido disparo en la cabeza, y en fin, en 1994 –es decir, un año después del ‘suicidio’ de Bérégovoy–, Pierre-Yves Guézou, funcionario encargado de escuchas antiterroristas que, para variar, apareció ahorcado. Demasiadas casualidades, demasiados coincidencias, tal vez evidencia sobrada. El tiempo parece empeñado en ensombrecer la imagen del hombre que quiso parecerse a De Gaulle como éste se había empeñado en imitar a Napoleón.

xxxxx

Habrá que esperar un tiempo para ver en que quedan las nuevas conjeturas, que seguramente será en bien poco, pero tampoco es menester apoyo científico para admitir que en la política común –y me refiero a la que funciona en democracia, porque de la otra no es preciso hablar—hay demasiados armarios abarrotados de cadáveres. La Thatcher llegó al pragmático cinismo de mostrarlo abierto de par en par e los mismísimos Comunes y González a salir en defensa de Amedo –“como cabeza de los funcionarios españoles”, dijo entonces—asegurando que no existían de sus crímenes ni existirían en el futuro. ¿Qué se equivocó, y qué? A usted o a un servidor nos entrilla la Justicia ciega con un armario semejante al de Mitterand y no cabe la menor duda de que nos duele la cabeza durante una temporada. A Mitterand, ni reñirle. Alguna vez lo vi llegar con su bufanda a ‘Lip’, en Saint-Germain, y zamparse un codillo con chucrut, aunque entonces no sabía uno que, justamente por aquellas fechas, acababa de condecorar en su biblioteca privada al terrorista que hizo volar a los ecologistas del “Rainbow Warrior” tras calificar al atentado como lo que era, como “un ataque criminal”. No debe de ser fácil dormir junto a un armario-ataúd, o tal vez sí, quién sabe. Si se molestan en seguir esta polémica o en leer el libro de Labarrière, puede que salgan de la experiencia con más dudas que entraron. Un niño mimado de Hitler (y de los demócratas) como Ernst Jünger, sostuvo que cuando el crimen se convierte en enfermedad, la ejecución es pura cirugía. Pues ni una palabra más.

3 Comentarios

  1. Una puede ser una pardilla y no conocer de la sociedad americana más que lo que se refleja en las novelas del Tomguolf o del Grisham, por dar un par de nombres actualizados. También se ha comido servidora cientos de páginas de Conrwell, conocido en el siglo como Jonh le Carré y todo lo que sé de la sociedad sueca actual lo he leído en Henning Mankell, al que me he leído enterito, y lo concluyo de las reflexiones de su comisario de policía.

    Pero como decía la cancioncilla “todo está en los libros”. Pues claro que hay quien ordena matar desde el poder. Que le pregunten a la Agencia o al derivado de Moisés. Y también hay quien, desde el poder, se sabe responsable de muertes, bien en la carretera, en los hospitales o en la playa. Todo es aprender a vivir, mejor dicho, a dormir, sin dejar que al abrir el armario te caiga encima la mojama.

  2. 23:32
    La frase exacta fue “No hay pruebas ni las habrá”. Fue exculpado, precisamente, por un juez argentino puesto a dedo por él en el Tribunal Supremo.
    Yo le oí en directo a Martín Prieto contar que un día le dijo: “Oye MP ¿Que te parece si empezamos a eliminar a esa pandilla de haches de p?”

    La conciencia es la parte del espíritu humano más moldeable al gusto o la necesidad de cada uno.

    A un asesino lo único que le quita el sueño es la posibilidad de ser descubierto.

    Hace muchos años que estoy convencido de que quien tenga ética o conciencia no tiene nada que hacer en política.

  3. Gracias por poner unas letras, Elitróforo del alma. Me sentía sola y abandonada del todo. Del Maestro prefiero pensar que no se asoma al blog, estando como está y donde está.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.