La impagable deferencia de mi amigo J.I., profesor en la Sorbona, me permite una vez más leer sin gran retraso una obra sobre “lo prohibido” en general, en esta ocasión sobre ese ámbito tabú que es la realidad homosexual. Empiezo por confesar que siempre me he admirado del “engagement” vital, militante, de autores como Bernard Sargent, Sarah Pomeroy o Claude Calame, citados sean al azar, que han dedicado energías inauditas a defender la sexualidad “diferente”, la inmensa mayoría de las veces bajo la alargada sombra legitimadora de Platón y siempre desde el argumento “ad hominem” consistente en revelarnos el secreto íntimo de personajes célebres, víctimas en todo caso, a su juicio, de la moral cristiana que separó la sexualidad de la procreación. No tengo sitio aquí para relacionar siquiera la lista de grandes hombres sacados a rastras del armario por Michel Larivière, pero obvio es decir que figuran en ese escaparate desde el propio Platón a Goethe, desde Flaubert a Rimbaud y desde Luis XIII o Eduardo VIII a Kemal Ataturk, desde Alejandro a Maurice Béjart, pasando por el maestro Mandel, el mítico jefe de la Resistencia, Jean Moulin, o el escritor comunista Louis Aragon, por no hablar de Shakespeare, Balzac o el propio Hugo y sin olvidar a Chopin. Alega Rivière el divertido caso de Miguel Ángel, cuyos poemas dedicados a su amante Cavialere, fueron rehechos “en femenino” para despistar al lector, es decir, con el mismo fin que más de uno y más de dos poetas han hecho lo propio.

Entre agónico y triunfalista, este ensayo, esencialmente igual a la mayoría de los de su género, nos revela una vez más la extraña ley en virtud de la cual cada equis siglos –de Grecia o Roma a la Florencia de los Médicis o al Saló de los jerarcas nazis—reaparece pujante, teñida de inocencia platónica, la cruzada en favor de lo que Lorca llamaba el “amor oscuro” y, paralelamente, el endoso de la culpa a la moral cristiana –históricamente poco objetable, ésa es la verdad– aunque quizá limitado al no contemplar otros factores tan decisivos como las exigencias funcionales de la economía burguesa que algún clásico relacionaba con la institución de la herencia. Pero ¿es justo y razonable practicar eso que llamamos “outing”, es decir, sacar del armario, velis nolis, a quienes voluntariamente se encerraron en él? Cierro el libro de Larivière con esa duda entre las cejas. Nadie tiene derecho a usar en ese ámbito secreto la llave maestra.

2 Comentarios

  1. Por pereza, cuando se tratan ciertos temas acudo a la Declaración Universal de Derechos HH. antes que a nuestra Constitución, tan necesitada ella de un buen repaso. Así que en la primera citada queda claro que “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada”.

    Dado que considero la sexualidad como algo exclusivamente privado, poco habría de añadir. Pero la duda me viene cuando pienso en quienes hacen de su identidad sexual un espectáculo público. No ya me voy a referir a la cabalgata del Orgullo Gay, sino a quienes desde púlpitos mediáticos hacen ostentación de su identidad sexual.

    Estamos de acuerdo que la libertad de expresión les ampara. Pero por el mismo motivo supongo que esa misma libertad de expresión ampara a quien lo comenta en cualquier sentido.

    Por supuesto que el llamado outing vulnera ese derecho a la intimidad, pero qué me dicen de quienes hacen de su identidad sexual, no ya solo un espectáculo, sino una forma de ganarse la vida.

  2. Ahí tienen al/ a la de la barba que ha ganado en televisión. Hoy se prima el derecho de los diferentes al de los comunes.

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