La mujer francesa vive hoy el triple que hace dos siglos y medio con una esperanza de vida de 85 años que, a mediados del XVIII, era de 27. Más o menos como la española, que ve como su expectativa aumenta en un año cada lustro. Desde los años 70, los franceses vienen viendo aumentada esa esperanza en tres meses por año, un ritmo que ha forzado a admitir a los demógrafos la posibilidad cierta de que la especie llegue a vivir más de cien años el día menos pensado. Vamos superando la maldición divina (Génesis, 6,3) que estableció en 120 años el límite de la existencia, en un gesto celoso que recogió el mito. Ni que decir tiene que las expectativas de los ancianos no coinciden con las de las previsiones que fijan la esperanza de vida al nacer, pero es evidente que el éxito actual de la vida responde a los avances médicos y al aumento de la atención dispensada a los mayores de la tribu a pesar de los frecuentes fracasos de los sistemas de protección. Ya no se discute sobre la posibilidad de que todos acabemos descrestando el siglo aunque son contados los expertos que se atreven a aplicar el pronóstico a las generaciones ya nacidas y legión los que alertan sobre los decisivos cambios que debe prever una sociedad que, como la española, por ejemplo, tendrá a mediados de esta centuria un tercio de su población por encima de los 65 años. A un biólogo de tanto prestigio como Ginés Morata le he oído afirmar que el ritmo actual de desarrollo de la investigación permitiría aventurar la hipótesis de que la vida humana habría alcanzado ya la posibilidad objetiva de evitar la muerte, inimaginable desde la óptica de nuestro sistema de organización social. Vivir más, vivir incluso eternamente (sobre el papel) no es ya un asunto mítico sino un negocio socioeconómico equidistante entre el Génesis y el Presupuesto.

 

Si en un siglo hemos pasado de 35 a 80 años de esperanza de vida, si en los próximos 40 veremos aumentada ésta en 6 añitos más, no es dudoso que el problema más urgente concierne a los responsables del sistema de pensiones que habrán de romper la aporía de mantener a tantos con el aporte de tan pocos, que determina y complica el proceso de envejecimiento continuo de la población paralelamente al desconcierto de los más jóvenes. Brassens ironizó en su canción  (“Marquise, si mon visage a quelques traits un peu vieux…”) los viejos versos de Corneille que buscaban prevenir a los jóvenes frente los agravios de la vida. Los discretos buscan hoy mucho más cuerdamente hacer posible que comer del Árbol de la Vida no nos cueste la misma.

3 Comentarios

  1. La esperanza de vida en los USA está ya decreciendo, y yo creo que eso de que podamos vivir “eternamente” es como el progreso que también parecía eterno pues desde los albores de la humanidad no parábamos de progresar. Para mi el progreso es muy relativo, a veces progresamos y a veces retrocedemos y creo que lo mismo pasa con la esperanza de vida porque, en realidad, es imposible desligar la vida de tu alimentación, del hospital y del médico que te atiende, enfin del dinero que la sociedad puede gastarse para mantenerte en vida. Total, que me alegro de tener tantos años que vivir, para disfrutarlos bonitamente, pero si son algunos meses menos qué se le va a hacer!
    Un beso a todos.

  2. Volviendo a leer con más detenimiento me fijo en una de sus frases, que viene a decir lo mismo que lo que traté de expresar , pero mucho más bonita y divertida. Ahí va la frase “Vivir más, vivir incluso eternamente (sobre el papel) no es ya un asunto mítico sino un negocio socioeconómico equidistante entre el Génesis y el Presupuesto.”

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