Hay una gran diferencia estimativa sobre el porvenir respecto al año que acaba de comenzar. Una diferencia que no deja de ser elocuente, si bien se mira, porque ya sabemos que, por encima de todo lo que se ha venido diciendo del pesimismo quizá no sea posible encontrar un dictado tan penetrante como aquel de Cioran que veía en él “la crueldad de los vencidos” incapaces de perdonarle a la vida el hecho de haber truncado su esperanza. En Europa, el pesimismo –véase la gran encuesta BVA-Gallup recién aparecida—parece haber tocado techo con unas tasas de desesperanza que, en general, duplican prácticamente las del resto del mundo, con la excepción de una Alemania que camina con pie firme porque confía en haber hecho bien los deberes impuestos por la severa crisis. Es el paro, por supuesto, el factor que dispara la hipocondría en el “primer mundo”, pero no en todo él, puesto que en América del Norte (EEUU y Canadá), donde la crisis laboral pesa todavía fuerte, uno de cada cuatro ciudadanos opina que todo irá mejor en 2011 para todo el planeta e incluso la mitad de ellos espera mejorar sus condiciones de vida durante su transcurso. Se explica que en países en conflicto abierto, como Irak o Afganistán, sea una exigua minoría la que teme un empeoramiento de las circunstancias y que no sólo en otros exitosos, como Brasil, India o China, sino alguno que acaba de salir de la catástrofe, como Nigeria, crezca como la espuma la esperanza en la mejoría. Pero es en el olvidado Vietnam, comunista alineado en la vía china, donde los optimistas acogen el año nuevo como una bendición de manera casi unánime, lo cual no es extraño en un país que el año pasado creció casi al 7 por ciento del PIB mientras el gran mundo forcejeaba a brazo partido con la recesión. Hay que recordar un dicho vietnamita que ilustra mucho el caso: “No existen situaciones desesperadas sino hombres que se desesperan ante las situaciones”. Quién sabe cuánto podemos aprender a estas alturas del sufrido “Charlie”.

 

Muchos estamos convencidos de que el pesimismo, por más que parezca justificarse a sí mismo en la experiencia objetiva, no deja de ser un instrumento nada despreciable en manos de los especuladores. En el mercado mundial, por ejemplo, se tiene en cuenta un panorama de actitudes como el descrito porque todo en la vida económica –inversión, ahorro, gasto—se origina en algún momento en los entresijos de la duramadre. Hay que reconocerle a Cioran su parte de razón y agradecerle a los vietnamitas su tónico de la voluntad. Creo que alguien dijo que para ser profeta basta con ser pesimista. No me digan que no lleva razón.

3 Comentarios

  1. Faltaría más que encima el personal estuviera optimista. Vivimos, sin darnos cuenta, vale, un momento crucial en nuestra historia, y ello no tiene mñas remedio que producir esta dramática situación a la que el hombre responde con su desconfianza. No hacia falta una encuesta para eso.

  2. Pués sí, hay que ser pesimista, pero razonablemente, porque todo lo ocurrido era previsible….. Y si se piensa, hasta se puede asegurar que este año estamos más cerca de una salida de crisis que en el 2010…..Lo único es que no sabemos cuándo tocaremos fondo y cuánto tiempo tardaremos en recuperar.
    Besos a todos.

  3. Es la respuesta normal a la crisis tan hinda que soportamos todos. No cabe esperar optimismo en una sociedad con tan alta tasa de paro y agarrotada por el miedo a lo que está por venir, sobre todo teniendo en cuenta la insolvencia de nuestros gestores públicos. Triste pero así es. Sólo nos queda esperar que las cosas no vayan tan mal como las ven los pesimistas, que somos un poco todos, incluidos los que, por fortuna, no han sentido el zarpazo de la crisis.

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