En pleno ferragosto se ha disparado el rumor mediático, que es lo suyo, por un lado informando sobre un nuevo complot en torno a la muerte de Lady Di, que ahora se sugiere que podría haber sido obra de un agente secreto para evitar un matrimonio tan dinásticamente incómodo, y por otro, descubriendo por fin el enclave exacto de la famosa Área 51 en torno a la que, desde hace decenios, los partidarios del misterio menor y, en especial, los ufólogos, han tejido una espesa leyenda conspirativa. No hará falta rebuscar en las redacciones viejas instantáneas del monstruo del lago Ness, pues, ni descubrir nuevas caras en la casa encantada de Bélmez, porque la leyenda de esas instalaciones secretas americanas en las que se ha venido maliciando que el Imperio llevaba a cabo experimentos inconfesables desde el incidente de Roswell, se ha venido abajo al desclasificarse ciertos documentos y acceder la CIA a reconocer que ese Área 51 existe, en efecto, en el desierto de Mojave, en Nevada, pero no como laboratorio para oscuras investigaciones ufológicas sino como base secreta en la que probar los aviones espías U-2 y Oxcart. Parece que los avistamientos documentados por pilotos comerciales durante años no serían inventos sino las imágenes auténticas de ese prototipos que, al volar a alturas elevadísimas, reflejaban los rayos solares de manera que permitía confundir el ingenio con una nave inflamada que cruzaba inopinadamente el cielo. Necesitamos, sobre todo en vacaciones, noticias de esta naturaleza, capaces de superar la atención de la terrible realidad y darle, de paso, al hombre la ilusión de que hay ahí mismo, sólo que secuestrada por los poderes secretos, una fenemonelogía capaz de abrir a la imaginación dimensiones inimaginables y a los simples peatones la oportunidad de desarrollar cada cual su propia versión fantástica de la realidad.

Los medios no hacen nada malo dando pábulo cada verano a esa necesidad de lo extraordinario o a ese afán de lo maravilloso no convencional con que el hombre alivia tal vez sus limitaciones naturales, ni más ni menos porque, como advirtiera Cassirer y aquí hemos repetido tantas veces, la criatura humana es, antes y sobre toda otra condición, un animal mítico. Podrán comprobarlo ahora viendo cómo, a pesar de la desmitificación oficial, la conspiranoia prosigue su curso. Los sueños de las noches de verano no tienen límite desde que el hombre es hombre.

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