Todo el mundo habla del “escrache”, esta flamante forma de acción política que dice pretender depurar una democracia perdularia para refundarla como Dios manda. Como Dios manda quiere decir, obviamente, como los propios “escrachadores” la desean, pues según ellos la actual, la “indirecta” que establece la Constitución para representar legítimamente a los ciudadanos es una mandanga. Siempre resulta tentadora la democracia directa, el manotazo del pueblo sobre la mesa de la timba, el rumor asambleario a la sombra del inevitable líder, pero sobran evidencias de que ese método es poco viable. En mi diccionario de lunfardo (José Gobello, 1975) se define esa práctica peronista del acoso de toda la vida en términos tan vagos como inquietantes: arrojar algo con fuerza, especialmente al rostro; zurrar, dar a uno muchos azotes o golpes; incluso perpetrar el “tocomocho” contra un ingenuo…, y tiene relación con el escupitajo, del piamontés “scrachè”, vale expectorar). Pero en España, aquí y ahora, es más sencillo, pues se trata sólo de “acosar”, de perseguir, de impedirle la vida normal a cualquiera que se designe como enemigo. Hemos heredado el peronismo sin pagar derechos reales y, de momento, parece –tan mal debe de andar la cosa—que no hay en el Estado quien pare a esos incorruptibles que actúan por una suerte de derecho divino, “divinitus erudita”, como diría don Juan Valera. Antier mismo los héroes de este justicialismo espontáneo parece ser que trataron de incendiar la casa a un alcalde de pueblo del PP, mientras otros reclamaban la disolución del Parlamento. Si no fuera porque quedan muchos recursos que emplear, tentado está uno de decir que esto se viene abajo.

Pero, ay, este acoso vale sólo para los “peperos”. No se conoce hasta ahora ningún caso de acoso a los políticos de la izquierda, a ninguno le han empapelado la casa a como a Pons, a ninguno lo han corrido a gorrazos los alguaciles de esta legitimidad autoadjudicada, y tal vez por eso estas organizaciones inmunes no disimulan su transigencia con la barbarie. En el río revuelto de la estrechez y la necesidad no es raro que salte a la orilla una lideresa imbuida profundamente de su papel legítimo, pero en la práctica semejantes acciones no logran otra cosa que imponer sobre el común una lógica minoritaria tan antisitémica como antisistemática. No nos falta ya más que un Beppo Grillo y puede que todo se acabe andando. La señora Colau lleva en esta rifa toda las papeletas.

2 Comentarios

  1. En el escrache y en lo que sea el PSOE le ganará siempre por la mano al PP, no tiene usted que darle vueltas a eso. Los primeros son especialistas carecen de escrúpulos y los otros tímidos e inhábiles. Mire la consejera de Vivienda de Andalucía y escúchela hablar o véala hacer.

  2. Me pregunto cuántos de estos gamberros se paseaban no hace mucho bajo pancartas que pedían «Paz», o que denunciaban «Nunca Mais». No me extrañaría descubrir bastantes coincidencias. «No a la guerra» pero sí a la «lucha», vaya un plan.

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