Un 9 de noviembre, o sea el 18 Brumario del calendario de los revolucionarios franceses, Napoleón dio un golpe de Estado que acabó con el Directorio y lo aupó a él a la cabeza del Consulado. Medio siglo después, su sobrino Luis Bonaparte, luego Napoleón III, daría otro que trataba de calcarlo y que, en efecto, en poco tiempo lo convertiría en emperador como, según Rafael de León, predijera su futura suegra, doña María Manuela. En este caso, aunque no se produjera en tal fecha, Marx vio “El 18 Brumario de Luis Bonarparte” aunque, siguiendo la famosa frase de Hegel, no viera ya en él ningún carácter “trágico” sino los rasgos de una farsa dirigida por “un personaje mediocre y grotesco”. Y ahora, en fin, es Artur Mas el que elige esa fecha señalada para celebrar el referéndum imposible en el que anda empeñado. Pero, ¿si no es ni tragedia ni farsa, cómo hemos de ver en esta ocasión este descabellado proyecto cuyo éxito supondría una catástrofe y cuyo fracaso acarrearía un problema político de aquí te espero? No me digan que, en cualquier caso, la elección de un día tan cargado de rotundas connotaciones históricas no resulta un poco o un mucho megalómano, y más en una situación como la que atravesamos en la que ni a europeos ni a americanos nos llega la camisa al cuello, y en la que, por si faltara algo, Cataluña tiene que esperar a fin de mes la remesa de Madrid para pagarle a sus “mossos” y a sus “embajadores”.

 

Marx decía en esa espléndida obra que la Revolución Francesa se hizo, desde la República al Imperio, a la sombra simbólica de Roma, mientras que la dirigida por el sobrino no logró nunca su intento de duplicar a la del tío, para entonces ya anacrónica. Lo que no soy capaz de imaginar es qué diría de este Mas extraviado, sin duda, en su huida hacia adelante y que, insisto, no cuenta ya siquiera con los Guizot, los Constant o los Royer-Collard. Hay que tenerlos cuadrados para tratar de emular a Napoleón con su corona de laurel y su manto de armiño, y hay que ser temerario para no acordarse de Santa Elena como término, si no indefectible, más que probable, de los aventureros endiosados, sobre todo si en lugar de tener al lado a un prudente Sieyès no se tiene más que a un mitómano como Junquera despistado tras las trágicas huellas de un Macià o de un Company. De toda la construcción de Marx me quedo en este caso  con lo del “hombre mediocre y grotesco” que parece que anda en busca de su Eugenia de Montijo.

4 Comentarios

  1. (A las 11 a.m. la publicación de La Cruz es incompleta. Si no llego a estar suscrito a Orbyt…)

    Muerto tan jovencito el Aguilucho, Napoleón III era el hereu de la dinastía Napo. Aunó el puñetero el titulillo con una abrumadora mayoría en la elección de Presidente de la Segunda Rep que, por plebiscito, consigue convertirla de nuevo en Imperio. (Comprenderán que he acudido a los textos pues uno no fue nunca experto en Historia).

    Pero vamos a la comparanza: tendría que ser uno de los Pujolets quien se presentara como padre del nuevo imperio cataláunico. Lo que pasa es que estos chicos andan demasiado ocupados “recontando su dinero”, que dice el fandango.

    Toda esta morcilla, perdón, botifarra catalana se presta a la chirigota más que a otra cosa, si no fuera porque hay millones de españoles nacidos o residentes en CataluÑa que sufren la megalomanía de unos pocos y el primitivismo de un buen puñado.

  2. También yo comparto la admiración por esa obra histórica de Marx, uno de sus ensayos más brillantes. El 18 Brumario de Arturito Mas será su tumba política. Lo que no sabemos es por cuánto nos saldrá el mausoleo.

  3. Se agradece la rectificación del texto, que estaba incompleto tal como avisó esta mañana don Epi. Un grupo de profesores hemos comentado esta mañana también que el tema elegido, por su oportunidad, hace de esta columna un texto de los que no s encuentran en la prensa de hoy.

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