Una vieja deducción de Marx en su crítica de la economía política, que luego recogieron los maestros de la Escuela de Frankfurt, sostenía que para el buen funcionamiento del sistema de capital y el juego libre de las fuerzas en el mercado, resultaba necesario contar con un “ejército de reserva”, es decir, con una masa de trabajadores en paro lo suficientemente vasta como para desanimar la eventual dialéctica entre explotadores y explotados. Este lenguaje ya no se usa, lo sé, ni estos conceptos se reciben en nuestro planeta neoliberal ni de buena ni de mala gana, pero, como la realidad es tan puñetera, parece empeñada en impedir que pueda dárselos por superados definitivamente. Miren alrededor, si no, y verán cómo esta crisis que vivimos está desmantelando hasta los cimientos el espíritu reivindicativo que ha sido la marca del último siglo y medio, forzando a la oferta laboral a permanecer expectante y entregada a una demanda que, con su drástica contracción, ha logrado convertir la maldición del trabajo en un bien deseable a cualquier precio. Lo último que sabemos, en este sentido, es que el 65 por ciento de los parados españoles aceptaría –a la fuerza ahorcan—un contrato de trabajo con sólo veinte días de despido, y que el 56 por ciento de los jóvenes está dispuesto a trabajar, ya, mañana mismo,  a cambio de una retribución inferior al salario mínimo interprofesional. Esa desoladora imagen vale más que cuantas palabras queramos acumular y prueban que, olvidado y todo, el concepto marxiano es una realidad incuestionable, que –no poco ingenuamente—repiten los teóricos manchesterianos: que nada como un buen “ejército” de desempleados sin esperanza para que el sistema de producción capitalista funcione como un reloj. Ni el más osado habría sido capaz de imaginar hasta hace poco que una crisis “bien” gestionada podría abaratar el trabajo hasta tal punto y dar al traste de golpe y porrazo con las lentas y trabajosas conquistas del movimiento por la dignificación del trabajador que se inició a mediados del XIX.

Mientras tanto se abre y profundiza la brecha entre los que más tienen y los que no tienen nada hasta extremos en ocasiones obscenos, la izquierda se volatiliza en el éter socialdemócrata y el sindicalismo cambia por una burocracia profesionalizada su espíritu reivindicativo. Las cosas tardarán en volver a ser lo que eran, si es que vuelven, cuando los gestores de la crisis decidan salir de ella para reiniciar la probable aventura de un eterno retorno. El capitalismo, víctima y señor de la debacle a un tiempo, va a ganar esta batalla sin disparar un tiro.

2 Comentarios

  1. Se ha pusto usted hoy serio, querido, que parece que estamos hablando hace…. , bueno, hace unos años, demasiados, en Les Deux Magots. Lleva toda la razón, sin embargo. Y me honro descubriendo la fidelidda de los amigos a los viejos principios que no tienen por qué abandonarse. Un abrazo.

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