Yo, de mayor, quiero ser parlamentario, y lo mismo deseo para mi nieto, sobre todo si no aprende idiomas ni consigue un currículo valioso. Por muchas razones, pero, sobre todo, por una que me deslumbró siempre: la de que ese colectivo es el único que tiene la prerrogativa de ponerse a sí mismo el sueldo, los complementos, las ayudas y las dietas. Ahora, mismamente, el Parlamento acaba otra dar una lección de supremo arbitrio al mantener incólumes los pluses que le han quitado al resto de los funcionarios, lo que deja sus emolumentos a un nivel más que considerable. ¡Y sin oposiciones ni horarios que valgan: a dedazo limpio! Esa Cámara insolidaria debería enviar a los andaluces un christmas con una consigna ideal: “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”.

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