Hay varios casos esta temporada de personajes políticos o relacionados con la política que airean en público su vida sentimental y hasta sus actitudes sexuales. En Italia está siendo de órdago el escándalo provocado por la relación de Berlusconi con esa menor que ha provocado su anunciado divorcio, una piba que no hay más que ver posando para comprender que tiene encima más tiros que Leningrado. En los EEUU, la hija de Sarah Palin, cuyo embarazo precoz estalló con estrépito en plena campaña electoral, se ha convertido de golpe y porrazo en nada menos que “embajadora” de la ‘Candice Foundation’ y anda por las televisiones (sin gran esfuerzo pueden verla en Internet) predicando la abstinencia como única garantía posible de una correcta educación sentimental, a pesar de que no hace tanto criticaba a mamá por antigua, y tachaba de “poco realista” su oposición a les relaciones prematrimoniales. Por su parte, Ségolène Royal, al tiempo que escenifica sus paces con la Aubry en medio del desconcierto de su triturado partido, el PSF, hace lo que puede por no caer del candelero defendiendo lo que probablemente es su mejor prenda publicitaria: su palmito. Hace poco ha estado acompañada en Marbella procurando lucir sus ‘jeans’ bajo una vistosa chilaba pero ahora ha vuelto a la carga afirmando que quiere a toda costa renovar su imagen proponiéndose sin ambages como una “femme libre” que prefiere con mucho el perfil de ‘Edmond Dantès’ al de Juana de Arco. Ni la gravedad de la crisis basta, por lo visto y oído, para desplazar del primer plano a estos exhibicionistas que saben bien cuánto sentido tienen confiar en la idiocia masiva y cuánto rédito político puede extraerse de esas exhibiciones impúdicas, como diría Tom Sharpe.

 

Desde cierta perspectiva resulta claro que esta actitud no comporta sólo frivolidad sino que revela la dificultad del famoseo político para prescindir de la referencia egocéntrica en su vida pública. ¿Qué coños puede importar va nadie la afición menorera del ‘Cavaliere’ o la facha y secretos de alcoba de la frustrada “Zapatera” que tanto ha contribuido a pulverizar la opción de la izquierda francesa? ¿Cómo se puede ser tan sandio como para pararse a considerar la ‘conversión’ a la castidad de una joven sexualmente activa, con todas sus consecuencias, desde su adolescencia? Pues no sabría contestar a ninguna de esas preguntas, pero sí que creo que cualquiera puede sentirse molesto ante la incómoda sensación de estar siendo tratado, dentro del vasto rebaño, como un ingenuo si no como un idiota. Desde la política se nos envía el mensaje de una educación sentimental audaz o pacata, lo mismo da, que nosotros hemos de metabolizar psíquica y moralmente en calculadas adhesiones. Creo que a eso le llaman ‘coaching’ los expertos pero no sería menos riguroso llamarlo gilipollez.

6 Comentarios

  1. Mi explicación personal es que a falta de ideas y de sustancia es una forma como otra cualquiera de conseguir titulares.
    Cómo si no se explicaría la repetición insolente del viaje en Falcon. “Porque puedo”, habría dicho Romanones.

  2. El personal es así de tonto, don Amfi, y no le de vueltas ni me acuse de aristocratismo, ¿o es que necesita más pruebas viviendo como vive en Chavilandia?

  3. El sexo, querido y sabio ja, ya no e slo que era. Eso lo sabemos incluso quienes nos abstenemos voluntariamente de él (y por supuesto, los que no se abstienen), como lo demuestra su utilización política en mano y bocas de personajes como la ministra Bibiana, gran filósofa. No es extraño que se le venda a la gente esa pitanza, que vendría a ser, en fin de cuentas, como el numerito grave de esa industria de la entrepierna que prodiga sus frutos en los medios y tanto apasiona al personal.

  4. Verdaderamente es curiosa esa curiosidad de la gente por la vida sexual de los políticos, auqnue pocas dudas quepan sobre le evidente utilización de esa carnbaza por ellos mismos y sus «aparatos de partido» para distraer a la opinión. La señora Ségolène, que ya va madurando, vamos, o el señor Berlusconi, el mismo Sarko, no tienen en eso menos ni más ni mejores ni perores intenciones que la «ministra de las tetas», como la llamaban algunas de mis alumnas estos días.

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