Entre los estudios que proliferan en estos confusos tiempos en torno a la adolescencia y sus problemas, hay conclusiones para todos los gustos. Elijo entre ellas una que me parece más penetrante de lo común, y que sostiene, como causa de los desajustes que tanto preocupan, el hecho de los adolescentes crecen muy deprisa y ocupan, en consecuencia, un espacio vital que no es el suyo, de paso que rechazan frontalmente el modelo paterno pero conservan, sobre todo y a pesar de todo, un alto grado de optimismo y una apreciable expectativa de felicidad ante la vida que se les ofrece. Fracasados escolares en proporciones alarmantes, ociosos a la fuerza en su mayoría, vivaqueando al borde del desgalgadero de la sociedad opulenta y hostil, siguen apegados, por lo visto, a ese mito cautivador que es la promesa del deleite. Uno de esos estudiosos llama a la ‘basca’ los “adultescentes”, endosa sus problemas a una pedagogía familiar y escolar inapropiadas y culpables de haber entronizado los valores que tienen al disfrute de los bienes materiales antes que cualquier otra cosa, y ya de paso, vincula esa actitud al influjo fatal del grupo, a la influencia de la tribu que establece los objetivos y ahorma las conciencias a su modo en vista de la deserción paterna y del funambulismo de la autoridad. Nada nuevo, por supuesto, porque allá por los 50 hizo furor la teoría de Coolie, un convencido funcionalista que batalló sin gran éxito a favor de la teoría de que el verdadero crisol del alevín no es la placenta familiar ni menos aún el claustro docente, sino esa academia sin puertas que es la panda: es ella la que fija los objetivos, la que impone los valores y, en su caso, la que sanciona al díscolo que no se pliega a su modelo. Es probable que la moral efectiva, la fetén, sea un producto juvenil contra el que se han de estrellar los proyectos adultos. No está nada claro hasta qué punto éstos educan a los muchachos o son ellos quienes acaban por imponer –y no sólo generacionalmente—el criterio de cada momento.

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Me intriga en todo ello, antes que cualquier otra cosa, aquella confesada expectativa de felicidad, y me inquieta el barrunto de que por felicidad lo que la gente nueva entienda sea exclusivamente cierto género de satisfacciones corporales y pasajeras. No tendría sentido, pienso yo, el progreso de la droga si la expectativa en cuestión fueran consistente, y menos aún podría explicarse el desconcertante índice de suicidios juveniles que se registra en los últimos años. ¿Feliz un personal que se cita por Internet, cin conocerse siquiera, para suicidarse ritualmente lo mismo en Tokio que en una ciudad de provincia española, pero, curiosamente, siempre en sociedades opulentas, en medios sociales desarrollados y, por lo general, en sectores de clase acomodada? Ya veremos si tienen sentido ese barbarismo, “adultescente”, que ojalá no lo tenga nunca, pero la verdad es que las cosas no ocurren por que sí, sino porque alguien pone las causas que acaban por producirlas como efectos necesarios. Ya veremos qué dicen los futuros sabios sobre esta educación permisiva hasta el disparate, sobre la quiebra crucial de la disciplina doméstica, ya veremos a quienes se acaba culpando de tanto disparate como estamos viendo cuando haya perspectiva para ver hasta qué punto tras la dimisión de los mayores, incluida la autoridad, subyace la comodidad y hasta el egoísmo, y cuando se descubra que la felicidad entrevista no era más que un billete sin retorno al compromiso del adulto. En esa biblia de la experiencia que es “La línea de sombra”, Conrad escribió algo así como que la juventud es una cosa formidable, una fuerza de la naturaleza, pero sólo mientras es capaz de no pensar en sí misma. Y ya saben lo que decía Goethe, que eso sí que era cruel: “La juventud es un defecto que se corrige pronto”. Da miedo añadir que antes acaso de lo que contempla esta expectativa.

3 Comentarios

  1. Más razón que un santo, Anfitrión. Le copio -y si hace falta lo otro, pues sea también. Por una vez- “esta educación permisiva hasta el disparate, sobre la quiebra crucial de la disciplina doméstica” Soy hembra de pocas luces y por tanto de pocos números, pero las cuatro reglas, las domino.

    ¿Qué edad tienen las criaturitas -Donmanué dixit- ? Pues alrededor de los doce-quince-dieciocho años. Súmeles la edad de procreación de sus papis y mamis : 22, 25, 30 años. ¿Cuál es la edad pues de la mayoría de esos progenitores ? Entre 40 y 48 años. Digamos que fueron escolares hace 30-35años. ¿Y qué era de la educación, perdonen pero no doy con la e mayúscula, hace 30-35 años. Se lo resumo a vdes, mi queridos bloggeros que tanto me aguantan.

    En el año 70 nació la Ley Villar Palasí, la de la EGB, aquella que suprimió el bachillerato elemental y en grata consecuencia preconizaba una educación general básica, mecachis con las mayúsculas, y obligatoria hasta los catorce años. Se vendió el invento como que todo el mundo iba a ser bachiller. Eso sí, se aguó la cosa, se rebajaron los niveles, se abarató el titulillo y todos los chavales, todos, que eso significa lo que significa, aprendieron a tener a partir de los once años, cuatro, cinco y hasta seis profesores. “El de inglés es un pasota. El calvo de la gimnasia se tira pedos. El cura te echa mano como te dejes…” Y cosas así. Al mismo tiempo nacieron, pues qué bien, las asociaciones de padres. En ella pitaban no los más interesados en la cosa, sino más bien los que hacían presión para mejorar el curriculum de sus criaturitas. También muchos de los aspirantes a concejales democráticos velaron sus primeras armas en ese foro donde el maestroscuela pintaba cada vez menos.

    Ya he dicho que el peso del invento cayó sobre los maestroscuelas. En honor de estos hay que decir que muchos habían conseguido sus licenciaturas universitarias utilizando esas famosas vacaciones que tanto se les ha echado siempre en cara. Después vino la LODE sociata, madre de la LOGSE y abuela de las sucesivas aberraciones que en la enseñanza se han ido dando. No ha sido un rayo que ha caido del cielo. Había cosas que se veían venir. Ahora ya han llegado. Súmele a eso familias desestructuradas, monoparentales dicen los finolis, inmigración en aluviones, desmantelamiento de cualquier normativa que implicara orden o disciplina. HUY, qué dos palabras más fascistas. Por ahí, tó seguío.

  2. ¿Sabría alguien decirme cuántos planes de estudio (leyes de educación) ha habido en España siquiera desde don Claduio Moyano en adelante? LLeva razón la Señora que me entecede, salvo matices que ahorro, y es curioso el silencio que estos blogueros, entre los que habrá padres responsables y hasta quizá desbordados, ante el tema planteado por la columna. Hay cosas de las que uno no quiere no quiere ni oir hablar. Cuanto más liarse a opinar sobre ellas.

  3. Pués miren ustedes, no sé qué decirles, aquí es Francia pasa exactamente lo mismo pero creo que peor y quizás sea , más o menos, por las mismas causas.
    Pienso que no hay una causa única, sino múltiples pero sobre todo que es cuestion de mentalidad, de aires que corren, de modas. ¿Por qué toda la juventud europea parece indómita, indolente, egoista e irrespetuosa? Muy fácil, porque así la criamos, y porque ése es el ejemplo que les damos, nosotros, los adultos.
    La tele, por ejemplo. Qué ejemplo más aleccionador para la juventud, cuando ve a cuatro cretinos responder correctamente a unas cuantas preguntas pijas y ganarse la pasta que recibe en un año su pobre diablo de papi, o cuando unos cuantos jóvenes acceden a la fama y se forran solo porque los tienen encerrados y todo quisqui puede ver como matan el tiempo ligando y demás .
    O las familias destructuradas, por ejemplo. En Francia , después de la guerra de 14, familias “monoparentales” las había a montones: los niños eran huérfanos de guerra, pero esa generacion no tuvo las características que tiene ésta. Lo que pasa ahora, es que se divorcia a menudo por “conveniencia personal”, porque al señor le hace más tilín una señora con 15 años menos, porque la señora está harta de tener un marido ausente, que se pasa el tiempo trabajando, sin contar con el marido que bebe, aquél que le da palizas a su pareja, que eso siempre ha existido. Tambien ,el hecho que la gente esté más desahogada economicamente, ayuda: antes, aunque el marido bebiera y pegara, sin trabajo y sin un duro por delante, la mujer se aguantaba, y los críos aprendían a arreglarselas, a quitarse de en medio cuando necesario.
    Y es que los humanos somos todo menos racionales.Nos pasamos de un extremo a otro. Quizas nuestros abuelos se pasaran repariendo tortas al crío que chistara, pero hoy esta mal visto levantar la mano sobre un niño, negarle algo, exigir que se levante a horas fijas, que arregle su cuarto, que haga sus deberes, que pida por favor, que respete a los mayores, etc…NUestra juventud no tiene puntos de referencia, pero no por ello es más feliz.
    Antes la Iglesia, la sociedad toda protegía al grupo, a la familia ,había leyes y reglas morales que se imponían al individuo. Hoy, es al revés: se proteje al individuo, considerado más debil , contra el grupo, sea cual sea.
    Y así, nuestra juventud, que no tiene disciplina que acatar, ni moral que respetar, ni esfuerzos que hacer, se aburre, se rebela, protesta sin saber exactamenta por qué.
    Y los adultos, para que no les molesten más, les dicen que sí, que de acuerdo.
    Mal nos veo. Pero eso sí, la juventud de hoy no es ni peor ni mejor que la de ayer. Simplemente la educamos mal. Nos hemos pasado.

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