Si atendemos al noticiero esta temporada no tengo dudas de que a muchos ciudadanos habrá de invadirles cierta desazón a la vista de la galería de personajes públicos que nos ha tocado en suerte. No merecerá la pena insistir en que hubo tiempos mejores que los hodiernos, en política sin ir más lejos, a poco que recordemos aquellos en que nos gobernaron los Churchill o los De Gaulle, los Kennedy o los Aldo Moro, o simplemente si nos percatamos de que tal vez las indiscutibles cimas de nuestra época reciente han sido dos mujeres, la señora Thatcher y la Merkel, tan por encima ambas del repertorio masculino coetáneo. El brillante y breve JFK, el hombre que hace medio siglo nos llevó a la Luna, por poner un caso, tenía por asesores a un grupo de “cabezas de huevo” de alto nivel universitario encabezados por Arthur Schlesinger y quien luego llegaría a ser, para bien y para mal, el factótum de un cuarto del siglo pasado, Henry Kissinger, que ya es tener si lo comparamos con los actuales gabinetes. ¿A que les da envidia?

Hoy estamos viviendo la peor crisis registrada desde la Guerra Mundial en manos de cualquiera. Fíjense: en Brasil un cretino como Bolsonaro niega por las bravas la pandemia mientras se entretiene en oficiar un exorcismo en la puerta del palacio presidencial; un payaso como Johnson necesita contagiarse y pasar por la UVI para reconocer el riesgo público; y un histrión como Trump mantiene a su país en un infierno creciente estrenando cada día un disparate nuevo. ¿Nosotros? Pues nosotros sobreviviendo sin dar apenas crédito a la tragicomedia que supone un Gobierno de retales encabezado, entre otras minervas, por un plagiario y un agitador, y entre cuyas prioridades está la demolición del orden constitucional combinada con un denodado empeño por acreditar la sexualidad marginal y otras obsesiones entre las que descuella la bizarra idea de extirpar de nuestra débil memoria histórica al marqués de la Ensenada, acusado de racista. No, no es verdad que cualquiera tiempo pasado fue mejor, pero puede que sí lo sea que pocos como el presente habrá habido tan delirantes como ridículos.

Ni la moribundia asociada a la ruina económica, ni el desvergonzado vodevil de la tesis plagiada el presidente, ni la aventura noctívaga del oro venezolano, ni el atentado que supuso el aquelarre feminista del 8-M han podido, sin embargo, erosionar siquiera la charlotada de una legislatura al pairo en la que lo único garantizado es la catástrofe económica y lo más probable sería la fractura irreparable de la nación más antigua de Europa. Cuando acaso ya no haya remedio entenderemos que no habrá sido tanto el efecto del virus como la agonía del liderato lo que nos ha arrastrado a este deplorable acabose.

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