Ya es extraordinario que el auténtico atentado de la Madrugada no lesione la demanda de nuestro turismo. También lo fue la celeridad con que se reaccionó ante los anteriores meteoros por parte de las administraciones que, ante la proximidad de la Semana Santa,  arreglaron los destrozos playeros en un pis pas. Lo grave es que de nuevo andamos con las playas hechas polvo, y eso en una economía en la que el turismo aporta casi el treinta por ciento del PIB, exige un esfuerzo inversor y una diligencia administrativa muy especial. Claro que esto nos pasa porque más de treinta y tres años de «régimen» autonómico no han bastado para lograr la elemental diversidad productiva que requiere un imprescindible plan de desarrollo regional. Que Dios reparta suerte o aviados vamos.

 

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