Media España ha comentado ya, “sine ira” o con ella, la tragicomedia de la disolución de ETA. En esos comentarios hemos podido comprobar una masiva confluencia de criterios pues, salvo excepciones contumaces, en la inmensa mayoría de ellos crepita de fondo el horror y la tristeza, además de emotiva sombra de frustración. Mejor que haya acuerdo en lo fundamental: en que esto no ha sido una guerra sino un episodio sangriento de bandolerismo, en que esa montaña de víctimas no ha sido sino un sacrificio inútil, en que, lejos de abrirse ahora una amnistía, lo que reclama el pueblo es la severa aplicación de la Ley y el consiguiente castigo, implacable, sobre los delincuentes. Digamos que, al margen de unos miles de fanáticos, ETA ha logrado poner de acuerdo –¡con lo difícil que ello ha resultado siempre entre nosotros!—a la gran mayoría de los españoles, incluidos los vascos.

Ahora bien, yo tengo sobre el particular, y bien que lo lamento, algunas dudas vulgares. Y sobre todas ellas, una: la que expresa la pregunta “de qué van a vivir ahora esos bandidos”, acostumbrados a una existencia pseudoépica en una clandestinidad subvencionada que siempre ha de resultar más atractiva para el delincuente que un trabajo regular en el Supermercado o en la Caja de Ahorros de su pueblo, sujeto al imperio del despertador y a la monotonía del horario laboral, aparte de la ilusoria gratificación que, mal que bien, supone para el acérrimo devoto, la aventura justiciera. ¿De qué van a comer ahora, insisto, quién pagará sus techos cuando, al menos teóricamente, la caja de la banda habrá quedado vacía? ¿Quién sostendrá en adelante a asesinos como Ternera o a De Juana Chaos, acaso meterán en alguna nómina aberchale a ese vividor perpetuo que es el secuestrador Otegui o a un criminal como “Paquito”? Pues no sería la primera vez, por supuesto, porque está claro que el pienso escaseará en adelante en el viejo pesebre.

Bueno, es verdad que se podría buscar alguna fórmula para mantener, incluso de por vida, a los forajidos, que al fin y al cabo, ya don Fernando VII hizo jefe de policía a José María el Tempranillo, de modo parecido a cómo nuestros sucesivos Gobiernos han “tolerado” la escandalosa libertad (y quién sabe si algo más) de Josu Ternera, ese indio Jerónimo de pacotilla que se pasea hace decenios por Europa ante la ceguera voluntaria de la autoridad. Nuestra lógica no es la del Poder, por supuesto, ni mirando a ETA ni contemplando el GAL. Pero ¿y la pasta, de dónde saldrá en adelante la pasta para pagar a esos trabucaires de profesión? Ya ven que las mías no son más que dudas vulgares. Aunque me temo que no muy diferentes de las de ustedes. ¿O sí?

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