Hay dos España bajo la canícula. Una que se relaja en la tumbona y pasea en short su despreocupación, y otra que sigue, con una indignación ya casi crónica, una actualidad no poco miserable en la que cada día nos trae el testimonio de nuestra ruina moral. Grandes y chicos, Gobierno y Oposición, ricos o pobres, una mitad de los españoles no quiere saber nada de este caos vergonzoso, y la otra sigue –ya digo que con una indignación atenuada por su cronicidad– la saga de unas corrupciones en las que se han convertido en habituales las facturas falsas, la prevaricación, la financiación ilegal, la imagen de los “sobrecogedores”, el mangoneo de muchos alcaldes y los trajines de los propios jueces. Ya hablaremos “cuando llegue septiembre” y comprobemos que “nada será maravilloso”.

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