Hubo una época en que la imaginación europea se dejó llevar por el invento aquel de las “étoiles filantes” al que Buñuel sacó todo su jugo en “Belle de jour”. La fantasía se basaba en la existencia de una prostitución sigilosa, exclusiva, practicada no por “profesionales” en el sentido corriente del término, sino por putas “amateurs”, como si dijéramos, que escondían entre los pliegues de su doble vida el secreto de un lenocinio entrillado entre la necesidad y la fantasía. Ni que decir tiene que se proponía como novedad algo que ha existido siempre, pues la prostitución no está, como bien sabemos, reservada a los burdeles sino que se mueve en todos los ambientes sociales adaptada en cada uno de ellos a sus circunstancias características. Me ha dado que pensar la lectura del triste reportaje sobre el porno casero aparecido en nuestra “Crónica” y en el que se constata el crecimiento de toda una pornoindustria doméstica surgida por imperativo de la crisis económica, y en el que no se esconden los actores convencidos de que lo suyo –la exhibición porno a través de Internet—no es propiamente lenocinio sino “un trabajo como cualquier otro” para remediar la necesidad impuesta por el paro. Ya, ¿y el de las “otras”, el de las “cualquieras” que se alquilan por horas en los hoteles de los nuevos proxenetas o deambulan por el arcén en busca de negocio carnal, qué pasa, que ése no es un “negocio como otro cualquiera” sino un recurso extremo que implica la exclusión social? Por supuesto que nada cabe objetar a la decisión de estos “exhibidores” pero no es justo presentar su actividad como un ejercicio diferente al que practican, desde que el mundo es mundo, quienes venden al mejor postor sus servicios sexuales: no cabe discusión sobre el hecho obvio de que todas las putas son putas, iguales de putas, quiero decir iguales de desdichadas.

Veo en esas historias, que no digo que no sean conmovedoras, una auténtica exhibición de hipocresía no sólo en los actores que montan sus números en el plató sino en el concepto público que trata de confundirnos con sus dos varas de medir. Y no les digo nada de los panolis pervertidos o viceversa que –también desde siempre—han pagado gustosos por esos vicios potenciados por su imaginaria exclusividad. Claro que llevan razón esas meretrices “pane lucrando” y sus consortes, pero ni más ni menos que las desgraciadas que, llueva o ventee, pechan con el sambenito a la intemperie del lupanar.

7 Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo con su ultima frase don José Antonio. Hay senoras «bien » mas p. que algunas prostitutas de linterna roja.
    Besos a todos.

  2. Contradicciones que no hay quien entienda: una ley de protección de datos obsesivamente (y no sin razón) empleada en proteger identidades y confidencialidad y por otra parte los individuos negociando con la exposición de sus intimidades. Una esquizofrenia.

  3. Grave contradicción, es cierto, y más grave cinismo y fariseísmo si cabe. Don ja se mete lo mismo con aquel que con su propio periódico, blandiendo la independencia que tiene bien acreditada. Sobre el tema, sólo decir que una pena puede ser también una vergüenza.

  4. No tienen más que ver el caso de esa concejala de pueblo que aparece en la portada de una revista del «género» en cueros vivos y luego demanda respeto a su intimidad y a su privacidad. ¿Entra vender desnudo en el viejo concepto de prostitución como «venta del cuerpo»?

  5. Esas «filantes» son tan rabizas como las pobrecitas del andén y sus maridos unos chulos amables, sin que se me oculte la dificultad del momento económico. La gente tiene que vivir, eso lo doy por descontado, pero si eliges prostituirte pues te prostituyes y santas pascuas.

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