Un gesto como el del nuevo candidato al poder en Alemania honrando sin disimulo a su rival, la señora Merkel, en su despedida, resulta  hoy difícil de imaginar en este país nuestro en el que hemos oído a un sujeto como Sánchez llamar “indecente” al entonces presidente Rajoy. Hay dos estilos políticos diferentes que dan lugar a dos modelos democráticos por completo opuestos. El alemán, en el que tanto liberales como socialdemócratas –lo ha explicado aquí el jueves, magistralmente, Ignacio Camacho—han logrado una suerte de turnismo a base de cogobernar en coalición con los rivales, repitiendo durante décadas y con éxito la “Grosse Koalition” hasta lograr una mejora económica para el país que, a pesar de sus fracasos parciales, le ha permitido erigirse en primer referente de la UE. Y frente a ese modelo, el español, cuyo primer Gobierno en coalición viene ofreciendo el espectáculo de una discrepancia permanente, en el que los socios chantajean sin miramientos a un Presidente en tenguerengue y los ministros porfían en público, desorientados e inermes los que pertenecen a la mayoría, confiados los socios radicales en que la inevitabilidad de su apoyo al Presidente más cuestionado de que haya memoria les otorga una ilimitada arrogancia: Calvo humillada por Irene Montero, Díez ridiculizando en TV a Escrivá o Bellara enzarzada con Darias…

Como es natural, ese contraste se explica con suma facilidad en función de la diferencia de talla política entre unos y otros aunque, en nuestro caso, haya que contar con el hecho de que los populismos –todos, y no sólo los que hoy posibilitan aquí este Gobierno extravagante– necesitan y se sirven como única arma del conflicto del que emergieron y fuera del cual se debilitan fatalmente hasta desaparecer.

Quizá nunca pensamos en la posibilidad de un Gobierno tan impresentable y osado como éste que sostiene al sanchismo, capaz de surfear sobre la peor situación socioeconómica vivida en democracia o propiciar la fractura de la nación a cambio del imprescindible apoyo de unos radicales tan alejados del pacto constitucional como próximos a las más detestables compañías políticas, pero ahí está. La denostada Merkel, apoyada en su rival de la izquierda moderada, apostó por el “déficit cero” y el desmantelamiento de ciertos servicios públicos fundamentales, es cierto, pero dejó tras ella un país boyante y líder del (des)concierto europeo. Del Sánchez sostenido y extorsionado por los radicalismos más extremos no podemos esperar otra cosa, para rehabilitar esta sociedad maltratada, que la pedrea que, contando con la venia de esos socios, pueda proporcionarnos el azar. Aquí –lo ha escrito Raúl del Pozo–, el pluralismo no ha servido para lograr coaliciones útiles, sino que, presididos por un espontáneo sin mayores méritos, las ha impedido por medio de los cinco partidos estatales y la escoria nacionalista. Luciano contó que el filósofo Menipo voló del Olimpo a la Luna sostenido e impulsado por un ala de águila y otra de buitre hasta que su osadía lo condujo a la ruina final. Tal vez a Sánchez lo aguarde la misma suerte.

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