Se extiende la polémica sobre la sustitución de los políticos por los tecnócratas que ya es una realidad en un par de democracias occidentales. Argumentas los partidarios de los primeros que un sistema esencialmente electivo debe ser gestionado por los electos y santas pascuas, mientras que los segundos defienden que siempre será mejor un experto que un aficionado, sobre todo en las situaciones críticas. Se entiende que el gañán atienda a la bestia herida en ausencia de mejores manos, pero si el albéitar aparece por ventura no cabe duda de que lo lógico por parte de aquel es apartarse y dejarle el sitio. Yo no acabo de determinarme, lo digo como lo siento, por la razón doble de que ni los políticos son ajenos al trajín económico ni los llamados tecnócratas dejan de ser políticos ni por casualidad. ¿Cómo sostener en serio que un diputado por Mississippi resultaría preferible a Samuelson o a lord Keynes a la hora de enfrentar la debacle que nos aflige? Una solución bastante elemental sería elegir a los políticos exclusivamente entre personas expertas en cada ramo de la gobernación pero eso parece que resulta incompatible con el sistema de partidos y sus inevitables consecuencias, entre otras cosas porque en los pasillos partidistas la experiencia y el saber no son bienes especialmente bien apreciados. Yo comprendo que un gran ingeniero no tiene por qué ser un buen ministro, pero díganme entonces como justificar lo contrario, a saber, que un bachiller raso pueda desempeñarse bien al frente de las Obras Públicas o de la sanidad de un país. Hay un cierto fundamentalismo subyacente en estas exhibiciones de pureza democrática que, en el fondo, no es más que el camuflaje de la razón de partido. En España, sin ir más lejos, los tecnócratas de la dictadura pusieron las bases de un despegue histórico que comparado con las gestiones recientes resulta elocuente. Nadie se mete hoy con el “plan de estabilización” de Ullastres sino todo lo contrario. Pienso que por algo será.

¡Con lo sencillo que resultaría el problema simplemente con que cada partido propusiera como candidatos a militantes versados en las materias con las que han de bregar y no al preferido caprichosamente por el mandamás de turno! Nadie ha discutido, que yo sepa, que un experto como Solchaga fuera ministro, aunque parece que hay datos sobrados para pensar que Blanco, por poner un  ejemplo, aunque no tuviera ni pajolera idea de economía, no descuidaba la propia. Yo creo que la gran impostura no es confiar el poder al sabio sino ponerlo en manos del ignaro. Que me perdone el integrismo pero estoy más con Platón que con Bibiana Aído.

7 Comentarios

  1. Ay don José António , la razón habla por su boca, amenizada por el humor!.¿Por qué no se presenta usted? Yo desde luego le votaría y eso que no suelo molestarme en hacerlo.
    Gracias de nuevo y un beso a todos.

  2. Yo me quedo con el símil del gañan y el veterinario:
    ¿Llama Vd., por ventura, gañanes a los que nos gobiernan? Yo también.

    También comparto su opinión de que Blanco sin saber economía ha sabido cuidar la suya propia.

  3. …que sepa sus materias, frente a su ignorancia. Usted da unos cuantos ejemplos pero creo que la lista sería inmensa.

  4. Juan sin Miedo. Luego no quiere usted que le cojan el número cambiado… Pero hace muy bien al decir sencillamente la verdad. Los tecnócratas no tiene por qué no ser políticos ni éstos han de ser forzosamente ignorantes. Los partidos podrían mejorar mucho la situación. Vamos a ver que hace ahora el bando conservador…

  5. Lo curioso es que protestan por que se encmiende el poder a los expertos y no cuando se lo entregan a gentes sin la menor formación. Lo de Platón y Bibiana, definitivo.

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