Nos cuentan los corresponsales que los jóvenes italianos andan encandilados con una  nueva estrella que ni pertenece al firmamento mediático ni juega al balompié. Admiran y copian como modelo, según dicen, a un gran empresario como Sergio Marcchione, el hombre que ha sido capaz de darle la vuelta a la Fiat y enderezar su curva de caída hasta convertirla en un sugestivo vector emergente, a base, por si fuera poco, de hacer añicos las viejas estructuras basadas en el mérito y la antigüedad para sustituirlas por otras en que la juventud prima sobre cualquier otra virtud. Los jóvenes afirman muchas veces su modernidad sobre la mímesis de la madurez pero, en cualquier caso, no es dudoso que sus pulsiones preferenciales se rigen por una ley elemental que tiene que ver más que nada con el éxito. En los últimos 70 y primeros 80 las encuestas descubrieron que un porcentaje altísimo de muchachos tomaba por modelo a un González recién aparecido en el que sus propias madres veían –como pudo comprobarse en el 82– la imagen del justo equilibrio que garantizaba el salto limpio sobre el “gap” generacional. Claro que si entonces la estimativa funcionaba aún tras un argumentario de naturaleza estética y, en menor medida ética, poco después, ya en pleno ‘gonzalato’, el modelo derivó hacia Mario Conde cuya imagen repeinada y arrolladora resultó irresistible para toda aquella cohorte generacional que veía en el éxito económico, con humor calvinista, el signo de lo deseable y la confirmación de la excelencia. No hay juventud sin ídolos, no hay generación  sin modelo y, en definitiva, no hay actitud ante la vida que no se sostenga sobre un entramado de atracciones fatales. La experiencia nos demuestra, eso sí, que hay mucho de infundada leyenda en esa idea rousseauniana de la juventud que viene presentándonosla desde hace siglos como el paradigma de la generosidad cuando la realidad es que en sus motivaciones pesa y ha pesado siempre, más que cualquier otro factor, el deseo de éxito social. Menos mal que en la vida no tarda en llegar el tío Paco con la rebaja. El maestro Goethe decía condescendiente que si fuera cierto que la juventud es un defecto, la cosa no tendría mayor importancia dado que la vida se encarga de curarlo pronto.
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Se ha dicho que es ventaja y rémora de la gente nueva el hecho de que, por lo general, tiene capacidad para admirar sin comprender, o lo que es lo mismo, que la madurez vendría a consistir en el desencanto infeliz de esa inopia primera, en el equilibrio recuperado precisamente a fuerza de desarrollar el sentido crítico. A uno, sin embargo, no le parece que estén claras, para empezar, las fronteras psíquicas de ambos “estados” vitales. Si leo, por ejemplo, en un sondeo reciente que el 70’2 por ciento (y no se pierdan el decimal) de los jóvenes españoles muestra poco o ningún interés por los temas relacionados con la campaña electoral que estamos viviendo, pienso en seguida que esa cifra no debe apartarse mucho de la que refleje el desinterés de los adultos, y si no díganme por qué la reaparición de la Pantoja en Valladolid ha ahogado literalmente el ruido de la campaña, o por qué mientras para ver a esa atribulada tonadillera se paga hasta un kilo de pesetas por un balcón, para lograr que la “carrocería” asista a un mitin hay por ahí quien rifa un piso o un dormitorio de caoba entre los eventuales asistentes. Al mito de la juventud celeste conviene contraponer tanto la evidencia del pragmatismo juvenil como la que nos confirma la inconsciencia adulta. Porque tan difícil resulta explicar por qué una generación se entregó a la gomina de Conde como encontrarle explicación razonable a que quinientos periodistas se acrediten despepitados para no perderse la vuelta a los escenarios de esa atormentada amazona tan castigada por la vida. Ser joven no es ninguna bicoca. Paul Nizan decía, más o menos, que es un contradiós decir que la juventud es la época más bella de la vida.

5 Comentarios

  1. Una pequeña apostilla a la reflexión del Maestro. ¿No han observado ustedes cómo se alargan de forma artificial los períodos normales de crecimiento y maduración de los jóvenes? Por mucha guarde y mucha socialización, a los menores se le trata y se les deja ser ‘bebés’ hasta una primera infancia bien entradita. Servidora leía a los cuatro años y ahora con nueve, no le pidas lectura comprensiva a un escolar de una frase superior a cinco palabras. Ni te digo si le pides que describa verbal o por escrito un árbol o un hámster.

    Ya se habla de prepúberes para poder decir adolescente a partir de los quince o dieciséis añitos. Una adolescencia, que como la mili ya no es obligatoria, se alarga por encima de la mayoría de edad, en una época que las gentes de mi tiempo ya soñábamos con la independencia de la familia.

    Ahora se visten de personajes de las películas y de los videojueguitos con veintitantos y les dan los cuarenta apalancados al frigo familiar y durmiendo –en su dormitorio de ‘solteros’- abrazados al teddy bear cuando tienen un desengaño. (Eso sí, no le pidas aún que escriban una oración con sujeto, verbo y complementos. De las subordinadas, ni soñarlo. Subordi…¿qué?

  2. No resisto la tentación (de felicitarte)… totalmente de acuerdo.
    Con la vetustez (sesenton), me invade la duda de que si esa forma de pensar (ceporrez de los de ahora) es propia de mi edad o de la realidad. Si alguien (lo de la edad es lo de menos) lo corrobora, ya dormiré mas tranquilo.
    Sin segundas, gracias. Y que se podría hacer para paliarlo?.

  3. Gran verdad –con título campoamorino– la de hoy, grandes verdades del barquero que pocos se atreven a decir en voz alta en un mundo dominado por la pasión de lo joven que, al mismo tiempo, maltrata a la juventud. Curioso lo de los modelos elegidos por los jóvenes. La frase de Goethe puede servir de consuelo a Pepoir.

  4. Anigua cuestión, bien tratada. Los comentos, sabrosísimos. Lástima que la calor nos diezme como a tropa de gansos.

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