En toda época y circunstancia la defensa de la juventud ha constituido un tópico social y político, entre otras cosas porque los grandes tópicos de época los generan los adultos. Se ha llegado incluso a embromar la cuestión como en aquella ironía que Goethe dejó en sus “Máximas” al aseverar que si es cierto que la juventud es un defecto, la verdad es que se corrige pronto. En pocas situaciones, en todo caso, la juventud –la generación—las jóvenes cohortes, han abocado a una situación tan difícil como en los años que enmarca la actual crisis, dentro de la cual se ha constituido en problema mayor, en ocasiones para recibir un aluvión de promesas y propósitos, y en otros casos para seguir siendo ignorada. En Italia se dice estos días que no podrá la maltrecha juventud italiana acusar de falsas promesas a sus partidos por la razón simple de que éstos no han incluido en sus programas remedio alguno en su beneficio. En Francia, por el contrario, se ha declarado “prioridad absoluta” la política de juventud, que es algo que suele hacerse siempre que la política no quiere saber nada de un problema desbordante, un poco como en España, donde acabamos de escuchar al Gobierno desgranar una serie de medidas tuitivas que ya veremos en qué quedan, mientras la sangría de jóvenes licenciados y doctores hace cola en los aeropuertos para largarse a países más acogedores. Hay que reconocer que los “hijos del 68” han recibido en herencia de sus padres un mundo liberado de ciertos gravosos prejuicios pero en el que no se les ha reservado a ellos un lugar razonable: son más libres pero más dependientes, más mimados pero menos acogidos por la sociedad, vivaquean en una difusa inopia ácrata pero su libertad termina allí donde comienzan sus proyectos vitales. Es una dichosa desgracia ser joven hoy día y no quiero ni pensar en qué será pasado mañana.

 

Como tras esta crisis nada volverá a ser igual que antes, excepto la desigualdad, hay que temer por esos jóvenes hoy todavía erguidos por su energía natural, tan lejanos ideológicamente de sus padres, que prácticamente carecen de ideología, tan dueños de hacer lo que quieran como privados de cualquier posibilidad de proyecto propio. No les arriendo las ganancias a pesar de las promesas políticas. Sólo espero que cuando la galerna amaine luzca para ellos algún arcoíris. Que nosotros hemos fracasado como generación se va a ver con claridad en el espejo de ellos.

7 Comentarios

  1. Exactamente. El mundo que dejamos a nuestros hijos es peor que el que nos dejaron nuestros padres …a pesar del orgullo y de la soberbia de toda una generación que pensaba hacerlo mucho mejor que sus mayores.
    Besos a todos.

  2. Es curioso pero, en el blog gallego al que me asomo de cuando en vez, hoy escribe el hijo de una amiga lo siguiente:

    …”estamos ya en el centro de una tormenta perfecta. Un imparable cambio de época, algo similar al preludio de la caida del imperio romano…”

    Es un hijo del 68 como dice mi don JA. Y debo aclarar que escribe desde el extranjero, donde trabaja.

  3. Mucho me temo que la tormenta esté por llegar. Pero no olvidemos que toda tormenta pasa, perfecta o imperfecta. Mal mundo hemos dejado, sin olvidar, como advierte ja, que también hemos contribuido en ciertos aspectos. Ya

  4. …escampará, como dijo el otro, aunque tengo para mí que nada volverá a ser igual salvo la desigualdad: apuntemos un 10 al columnista por esa frase.

  5. Todas las juventudes son iguales, todas se comen el mundo, todas acaban en el geriátrico. Lamento tanto pesimismo pero lo creo así.

  6. Tambie´n yo me quedo con el fondo de la columna y con la frsea primera del segundo párrafo¡Es triste pero es verdad!

  7. Aquí está otro para celebrar la frase en cuestión, que es realmente magnífica a pesar de ser tan triste.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.