La Fundación SM, en la que colabora un equipo excepcional de sociólogos y otros expertos, viene observando de cerca a la juventud española desde comienzo de los años 80, es decir, un largo trecho ya que, sin duda, le permite contemplar en una amplia perspectiva la enorme evolución experimentada por nuestros jóvenes en ese largo periodo. Su última aportación –el estudio de los españoles comprendidos entre los 14 y los 25 años al filo del año 2010– nos ofrece un panorama no poco desolador por más que coherente con las circunstancias de vida que rodean a esa población tan característica que los mayores solemos empeñarnos en considerar tan sólo como una fase pasajera de la vida. Y resulta que nuestros jóvenes hodiernos no están lo que se dice contentos con su privilegio, son pesimistas en casi la mitad de su población, no quieren saber nada de la vida ni de las instituciones, tanto políticas como religiosas, se sitúan mayoritariamente en posiciones moderadas hacia lo que pudiéramos considerar una expectativa de centro-izquierda, descreen de las posibilidades que tenemos de conseguir integrar a esta sociedad tan compleja y protestan si se les sugiere el ejercicio de la solidaridad dentro de la propia familia, pero –ojo con ese dato revelador—no teniendo en excesivo aprecio por la monarquía, la consideran por encima de los sindicatos, de la Iglesia o de las empresas. Esta es la juventud que tenemos y a la que tal vez resultaría impropio exigirle más considerando las poco halagüeñas perspectivas de futuro que se le ofrecen y la incapacidad de la sociedad adulta para brindarle mejores esperanzas. Página a página, el estudio en cuestión va instilándonos en el ánimo la cuestión de las causas de este relativo fracaso que el pesimismo supone, qué duda cabe, cuando se deja sentir con tanta premura en la mentalidad de las generaciones. Algo hemos hecho mal y es pronto (o tarde, según se mire la cosa) para arrepentirnos sin precipitación.

Siempre nos quedará el consuelo de que Cocteau llevara razón en aquello de que el pesimismo no es más que una forma de optimismo, pero temo que a corto plazo, que es el que se impone, el peso de una juventud desanimada pueda resultar si no prohibitivo probablemente sí gravosísimo para cualquier sociedad que pretenda mantenerse viva aunque no haya sido capaz de funcionar como su propia necesidad le exigiera. En cierto modo, hemos de reconocer muchos de nuestros propios rasgos en los que ahora asoman al espejo los que vienen detrás y acabar descubriendo bajos sus rasgos nuestro propio perfil. Se ha dicho que ser adulto es estar solo. Ya lo irán comprobando ellos también.

8 Comentarios

  1. Nunca sé ante este tipo de reflexiones si lo hemos hecho demasiado bien o demasiado mal con nuestros hijos (tengo 62 años). Por un lado comprendo la frustraciíon de los jóvenes, por otro, ya se pùeden imagniar, me comparo con ellos y me pongo furiosa. Han tenido más medios que nosotros, pero tamnién están teniendo más dificultades. Suelo decir que la vida les ha sonreido más reservándose una mueca para la edad adulta o preadulta. Dios nos ayude, a ellos y a nosotros.

  2. Lo hemos hecho mal. De eso no me cabe la menor duda. El que no puede no puede y no tiene culpa ninguna. Nuestros abuelos no podían darles a sus hijos educación, comida variada y abundante, calefacción, coche, teléfono, y todas esas “comodidades” que hacen que la esperanza de vida sea mucho más larga ahora y, general mente, que la salud sea mejor. Pero nosotros podíamos haber enseñado a nuestros retoños el valor del esfuerzo, la necesidad del respeto, y de la solidaridad, y no supimos ni quisimos hacerlo. En vez de lo cual les enseñamos que la sociedad progresaba por arte de magia, que las obligaciones estaban pasadas de moda y que había que gozar sin restricciones. Y ahí los tenemos , desnortados e infelices.
    Un beso a todos.

  3. Para doña Marta.
    Es posible que jagm lo haya encontrado ne otras fuetntes pero a mí me poarec erecordarlo en Le Point.

  4. Sr. Marta: la Fundación SM está fundada por alumnos y miembros de los Marianistas.
    Es una orden religiosa de origen fracés especializada hasta hace poco en la educación de jóvenes varones. Creo que ahora es mixta.

  5. Lamentablemente alguien llevaba razón cuando dijo que la juventud es una enfermedad que se cura pronto, sin embargo la actual es una extraña mezcla de progreso y regreso que no deja de producir perplejidad cuando se la observa. Desde luego la responsabilidad de la generación paterna es patente y es cierto que estos jóvenes, globalmente considerados, no están rrespondiendo a las expectativas de una sociedad que les ha dado más que a ninguan generación pero que también les ha pasado una tremenda factura.

  6. Sé lo que es la fundación. Lo que no consigo es, dentro de sus publicaciones , localizar este último estudio. Gracias a todos por sus informaciones. Supongo que terminaré poniéndole la mano encima.

  7. Vuelvo tras ausencia, un poco abatido por mi propio silencio y el de los amigos. ¿Tiempos aquellos en que Clarita, míster Miller, Berlín, la gran doña Epi y tantos no fallaban ni un día! Menos mal que don ja debe de estar acostumbrado a estas pequeñas “deslealtades” y olvidos. Respecto a los jóvenes, qué quiere, amigos, soy bastante pesimista y no estoy por la labor de responsabalizarme de fallos generaiconales que no sean los míos. Sí que creo que los hemos educado con excesiva prodigalidad y eso se paga. Lo estamos pagando. Y ellos, los pobres.

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