Interrumpiendo la irritante imagen de esas insensatas  francachelas juveniles que la autoridad incluye en lo que llama “ocio nocturno” (¿¡), irrumpe la imagen elocuente de todo un regidor en activo, el alcalde de La Matilla, allá en la Segovia profunda y despoblada, que, al filo de la treintena, sigue acogido a la piedad paterna  en la misma casa donde nació. ¡Ni el alcalde encuentra ya trabajo que le despeje la vida, y me temo que no sólo en el ámbito aldeano! A esta generación germinal que nos pisa los talones vienen llamándola, no sé si con piedad o malicia, la “generación cautiva”, y no cabe decir que erróneamente si echamos una ojeada alrededor y nos topamos con casos como el de nuestro burgomaestre, ejemplos vivos de una realidad demográfica que –a la vista de su desprotección—bien podría aspirar al dudoso título de la peor gobernada de la historia.

Nadie se atreve a entrarle al escabroso problema de una situación límite en la que las nuevas cohortes encuentran más cerrado que nunca el acceso al futuro, como no se atreve nadie a coger por los cuernos la temerosa realidad de indisciplina que vivimos, una noche sí y otra también, indisimulada tras la apariencia de una rebeldía que se agota en la exhibición tumultuaria y culmina, indefectiblemente, en el fin de fiesta del desacato a la autoridad. ¿Y qué decir, o mejor, qué hacer frente a ese recurso a la sublimación que es, en definitiva, la revuelta gamberra apañada como legítima protesta? Pocas cosas tan irritantes como escuchar la exigencia de libertad en boca de un sujeto incívico ni siquiera es capaz de respetar las bardas sanitarias impuestas, no por el capricho, sino por la lógica profiláctica más elemental.

Un lamentable cálculo electoral que gira en torno al voto juvenil paraliza no sólo a la autoridad sino a una opinión pública rehén del ancestral prejuicio que idealiza a la juventud hasta reducirla a la caricatura campoamoriana, sin perjuicio de mantenerse en una política por completo ajena a las necesidades reales de los jóvenes. En la cola de las ayudas sociales, esa juventud que nunca como hoy día tuvo tan difícil el relevo, y a la que se adula y consiente hasta el absurdo, lleva invariablemente el farolillo rojo, eufórica e ingenua, como embalada hacia un futuro imposible.

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