No ha de tardar el día en que quede clara la temeridad que se está cometiendo en Huelva, alentada sin duda desde el Poder, la locura que consiste en dividir por dos a los pueblos, en enfrentarlos en fratrías calcadas de los partidos como si estos –legítimos instrumentos de la representación– pudieran convertirse en modelos de la vida. Se divide en bandos enfrentados, por razones de poder municipal, al pueblo de Gibraleón o al de Beas, se enfrenta a los pueblos de la Sierra por la conveniencia electoralista del CHARE, se siembra y abona el guerracivilismo más injusto y feroz en Almonte, en Bollullos, en Valverde… Los onubenses se están partiendo en dos, manejados por los maniqueos de partido y por los granujas que viven de ese lío. Mala cosa, porque todo lo fácil que puede resultar romper un pueblo resulta luego difícil a la hora de recomponerlo. Hay en el PSOE muchos militantes que no están de acuerdo con estos suicidios. Si callan –ay, el buen gobierno de las tripas—han de llevar también ellos su parte de responsabilidad.

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